Germán Marín
Una noche de baile con Ava Gardner, y más
En “Últimos resplandores de una tarde precaria” se reúne una contundente muestra de la habilidad narrativa de su autor, Germán Marín. Sus relatos cobran caracteres de apuntes en terreno, y su prosa se enciende entre la protesta política y el erotismo, también político.
Es una fotografía del cerro Santa Lucía, a principios del siglo XX, cuando ya se le ha recuperado como paseo público sumándole una serie de torreones de arquitectura ecléctica. Se ve también la Alameda Bernardo O’Higgins, adoquinada y bucólica con apenas un par de vehículos disputándose el tránsito. En el bandejón central unos árboles incipientes no alcanzan a darles sombra a los pocos paseantes. Aquí es cuando entra Germán Marín y señala: “es el Santiago sin pompas edilicias, sin bóvedas arquitectónicas que, apesadumbrado en su mediocridad, lo hace merecedor de ser tanto hoy como ayer la aldea más grande del mundo”.
En otra imagen, esta vez no tan antigua pues data de 1971, Germán Marín describe la curiosa escena de la Plaza de Armas en que se ve a un predicador saltando y cantando loas al Señor frente a un público cautivo sentado en los escaños. En primer plano, un “cuchepo”, un hombre cortado por la mitad que solía desplazarse en un carrito con ruedas para pedir limosna en un tarro. El autor creía que esos personajes había desaparecido luego de tantos años, por eso se sorprendió cuando un día encontró al predicador sentado en un banco de la misma plaza, “pero ya no era el mismo, cansado como se observaba, ceniciento de semblante, si bien ahora menos flaco, aunque suelto de carnes”.
El extraordinario ejercicio literario de apostillar viejas fotografías o recortes de prensa, es uno de los retazos que componen “Últimos resplandores de una tarde precaria” (editorial Alfaguara), del renombrado escritor Germán Marín. Se trata de una selección de relatos y textos ya aparecidos en otros libros, además de un pequeño conjunto de cuentos inéditos que el autor recuperó de sus gavetas para incluirlos aquí.
De la mayoría de sus cuentos el lector – el conocedor de Marín – sospecha ciertos tintes autobiográficos, como “La noche en que bailé con Ava Gardner”. Su protagonista tiene ese impensado privilegio por fruto del azar en Buenos Aires, 1955, el año en que cayó Perón bajo un golpe militar. En una fastuosa cena es ella, la actriz americana, quien – como si fuese una lotería – lo señala con el dedo y lo invita a bailar tango. El chileno sabe que vive un momento de gloria suprema, inmerecida, y que, por el contrario, lo que sigue luego de escuchar los últimos acordes será deprimente: “aquello que viviría a partir de esa oportunidad sería la rutina de una existencia gris, mediocre, feble, pues, luego de esa noche, qué significado guardaba lo que vendría después”. A lo más, reflexiona, será un aburrido profesor de provincia cansado de repetir sus lecciones.
Los cuentos de Germán Marín se leen también como apuntes de la historia reciente del país, el narrador observa, reflexiona y anota, a veces acusa. En “No soy nada, yo no tengo vanidad”, por ejemplo, se rememora la desazón que provocó el golpe de Estado y el régimen militar: “todavía me resultaba difícil aceptar que el país no era el mismo, extraviado ahora en la condena, cuya frente no se limpiaría por años, perdido el recuerdo en el polvo que levantaban las botas de campaña bajo la Marcha Radetzky”.
Repite la mirada pesimista de una capital bajo el régimen militar: anota la brecha enorme entre los vencedores, ahora dueños de los salones señoriales, y los vencidos expulsados a la calle o escondidos. En “Noticias del mes de junio de 1976” – un texto reducido a un solo párrafo – Marín otra vez se sitúa en la Alameda Bernardo O’Higgins en donde “los cesantes, las vendedoras, los locos, las cantantes, los mendigos, las inválidas, los niños, las prostitutas, los ciegos, que conforman los expulsados del paraíso, llegan hasta el lugar a afear la ciudad con su presencia”.
Sin embargo, entre tantos tópicos políticos y sociales, se infiltra un Marín juguetón, erótico, burlón: “Nunca aprenderé que tu pequeña alma, cobijo de tonterías, está defendida por la humedad de esa piel dulce donde resbalo casi a diario”. Y otro relato en el que se amalgaman ambos tópicos como si fuesen uno, la única preocupación del autor: “yo contra ti con fragor de caballería, tú contra mí en labor de contraataque, es el mejor de los modos de hacer patria, linda, abiertas tus piernas de infantería, en consecuencia vamos pasando a terreno, te digo”.
“Últimos resplandores de una tarde precaria” es un imperdible compilado fragmentario y personal de Germán Marín.






