Titolandia

Esteban Martín

Sólo en las películas ganan los buenos

“Cuando la muerte venía del cielo”, de Esteban Martín, se centra en el periplo de un actor norteamericano atrapado en Barcelona en los años de la Guerra Civil española. El joven Michael Ford, el protagonista, descubre que la imagen idealizada de la resistencia republicana, impulsada por intelectuales de todo el mundo, no se condice con lo que se ve en las calles.

Impulsado por el hambre, el pequeño Jonathan Lavery quiso robar una manzana en un puesto de la calle, pero el tendero lo agarró de un ala y lo zamarreó. De pronto un hombre elegante se ofreció a pagar la fruta y se llevó al chico a un restaurante fino para que comiese todo lo que pudiese, y fue harto, el resultado de muchas semanas sin probar alimento. El adulto se presentó como Carl Denham, productor y director de cine. Tal como la escena de “King Kong” en que el personaje encuentra a una chica vagando sin esperanzas y le ofrece convertirla en estrella de cine, Denham le ofrece lo mismo al muchacho y enseguida le cambia el nombre por uno más efectista y atractivo: Michael Ford.

Denham cumple la promesa, y a los once años Michael debuta en el cine en una película pensada para consagrarlo. Y le siguen muchas, mientras el país cae en una profunda crisis económica que multiplica la pobreza y la desconsuelo.

“Cuando la muerte venía del cielo” (Ediciones B) es una novela de folletín con ciertos toques vintage, incluso desde la portada, que aluden a la estética de las películas de aventuras de los años 20 y 30. Además, su autor, Esteban Martín, ha nombrado cada uno de los episodios cortos con títulos del celuloide: “Romeo y Julieta”, “Candilejas”, “Caballero sin espada”, etc.

Mientras en América el cine se recuperaba como industria y seducía a millones de espectadores angurrientos, en Europa el avance del fascismo ya cobraba víctimas: desde el alzamiento de Franco, España había caído al abismo de la Guerra Civil en 1936. Michael Ford, en el pináculo de la fama, se une a un grupo de actores que desean manifestar solidaridad y ayuda a la República, que se caía a pedazos. El joven artista debería viajar a Barcelona al estreno de su nueva película, lo que sería golpe propagandístico a favor del gobierno: se entendería que Hollywood se sumaba a su causa, en contra de los falangistas alzados.

Ford llevaría también un valioso diamante para donar a las arcas de la República. Los fascistas encubiertos intentarían robárselo, o matarlo si fuese necesario. En Barcelona se topará con un sinnúmero de intelectuales proclives a la causa, como Ernest Heminway o Pablo Casals. El encuentro con un escritor inglés, que firma con el seudónimo de George Orwell, será muy esclarecedor para entender el conflicto en el que se ha metido. El autor de “1984” le explica al americano que los españoles sirven para muchas cosas, pero no para ganar guerras: “todos los extranjeros nos quedábamos atónitos ante su informalidad, pero sobre todo ante su enloquecida falta de puntualidad. La única palabra española que un extranjero no puede dejar de aprender es MAÑANA”.

Luego George Orwell, que había estado en el frente de batalla, le ilustra acerca de las reales condiciones de lucha: “era horroroso ver que los defensores de la República fuera aquella turba de criaturas desarrapadas y armadas de viejísimos fusiles que no sabían usar. Eran una pandilla de chicos sin la menor preparación, muchos de ellos menores de quince años”.

Michael va comprendiendo que la causa republicana se diluye entre las peleas a muerte de los grupos que se disputan el poder y que desembocará en la derrota. Berta, una chica que conoce y de la que se enamora, le aclara que ella no es comunista, que es marxista, y que “el partido Comunista es un retroceso en el proceso revolucionario”. Después, cuando el joven americano se entera de los crímenes que va dejando esta revolución – los ejecutados, el robo y el pillaje para financiar la causa, aunque a veces sólo para caer en bolsillos privados – ya se le desdibuja un poco esta idealización de la honorable resistencia republicana ante el avance del fascismo.

A su vez, con asesinos fanáticos tras sus pasos, en una ciudad cuyos habitantes insistían en armar la revolución proletaria antes de ganar la guerra, Ford no puede evitar involucrarse. O meterse en líos. Sin habérselo propuesto, la estrella de Hollywood empezará a protagonizar la película de su vida y en un momento deberá tomar la más difícil de las decisiones: elegir entre el amor o la revolución. Llegados a esa disyuntiva, la mayoría de los hombres equivoca el rumbo.

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