Titolandia

Rodrigo Rey Rosa

Melancolía de un librero aspirante a escritor

“Severina” es una novela breve que destila amor por los libros y la literatura. Un hombre se obsesiona con una mujer que le ha robado varias veces en su tienda, aun cuando sabe que esas historias de amor suelen terminar mal, sólo hay que esperar.

No es lo mismo robar un libro en una librería que en una biblioteca, y peor si ésta perteneció al más grande de los bibliotecarios de la literatura universal: Jorge Luis Borges. Eso lo sabía muy bien Ana Severina, cuya vida entera no tenía otra misión que robar libros con la eficacia de un ladrón de escala mayor, y con mayor razón si se trataba de ejemplares raros, únicos, desaparecidos. Su oficio era tan efectivo que cada día podía juntar una cartera llena de piezas de colección, valiosas, de catálogo.

¿Cómo pudo Severina entrar a la biblioteca privada de Borges, un hermético museo de Buenos Aires? Se insinúa que quizás utilizó el truco la seducción de una mujer bella, como lo era, y que el guardia cedió. Y estuvo adentro, apreció las marcas por las orillas que iba dejando el maestro en cada página leída, los dobleces de las hojas, el olor profundo de una lectura genial que iba a configurar un nuevo modo de entender la literatura. Severina asegura que ahí se contuvo: “¿Vas a creérmelo?, no tomé absolutamente nada. ¡No me atreví!”.

“Severina” (Editorial Alfaguara) es algo así como la columna vertebral del resumen de una novela, de una novelota, en la que su autor, Rodrigo Rey Rosa, redondea la idea borgeana del libro y la lectura como cimientos del intelecto y la existencia. Nunca sabemos el nombre del narrador, sólo que es un librero que ha perdido un poco el rumbo: “mi vida había vuelto a reducirse a los libros, me había convertido en un ejemplar más de esa melancólica especie: el librero aspirante a escritor”.

Su librería tiene un nombre sarcástico para los tiempos que corren: La Entretenida. Es allí cuando un día aparece esa mujer hermosa y extraña, enigmática, que revisa palmo a palmo las estanterías y – al menor descuido – se mete un libro en la cartera. Y se va. Pero regresa, a lo mismo. El librero ya la tiene identificada. De entre los libros que le roba, el narrador consigna “Las palmeras salvajes”, de William Faulkner, en una edición traducida por Jorge Luis Borges. Otra vez Borges.

En La Entretenida las cosas, además, no andan muy bien: la gente ya no compra libros como antes, los lectores son una raza en extinción, la lectura es el placer de unos pocos seres que no son suficientes para mover el mercado.

Después de varios desencuentros y frustraciones, el librero se va acercando a Severina. Ya sabe su nombre, ya le ha dado un beso, aunque luego ella desaparece por varias semanas o huye de una alocución poética en La Entretenida. Pero él la sigue, la espera, teniendo presente ese dictamen rotundo de la literatura: “imposible ser sabio y al mismo tiempo amar”.

Severina, averigua el librero, vive en una pensión con un amante, un hombre muy mayor. Aunque después se aclara que en realidad es su padre, o su abuelo, no importa. El anciano sufre un paro cardíaco y cae en el hospital, por primera vez Severina se muestra frágil, acepta la ayuda del librero y se va a vivir con él mientras su padre, o su abuelo, permanece internado en coma irreversible.

Son días penosos, pero en secreto felices para el librero porque tiene a Severina ahí, en su lecho. Después son semanas, y meses. Ella conserva su hábito de saqueadora de las estanterías, y regresa cada tarde con varios libros en su cartera. Al librero ya no le importa, hasta le celebra la hazaña y comparte con Severina la pasión por la lectura. Temiendo lo que pudiera ocurrir en cualquier momento, él trata de ignorar esa otra sentencia de la literatura: “una mujer te puede dejar por falta de amor, o por exceso de amor, por esto o por aquello, por todo o por nada”.

El anciano se mantiene sin señales de mejoría en el hospital. Deciden traerlo a casa, para que disfrute su estado de coma en el cuarto de la servidumbre. El librero es capaz de ceder hasta lo indecible con tal de mantener a Severina a su lado, sabiendo que tarde o temprano su larga y misteriosa ausencia diaria será permanente: “reconocí que, sin darme cuenta, Severina para mí se había convertido en un puro objeto de placer. Como los libros”.

“Severina”, como toda buena novela, vale más por lo que insinúa que por lo que cuenta. El autor concentra hábilmente su relato en esas pocas almas que valoran los libros como el espejo de sus vidas.

 

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