Orhan Pamuk
La novela entendida como un museo
El presente volumen reúne una serie de conferencias en las que el autor, de reciente visita en Chile, se explaya sobre la vigencia del más grande género de la literatura y de la eterna confusión de realidad y ficción que los escritores fomentan y que los lectores anhelan.

Aquí están los hechos duros: en 2010 el premio Nobel Orhan Pamuk escribió una soberbia novela llamada “El museo de la inocencia”. Trataba de la vida y enamoramientos de Kemal Bey, un joven turco de una clase burguesa en ascenso que mira con envidia la sociedad occidental. Se enamora de su modesta prima Füsum mientras culmina sus planes para casarse con la refinada Sibel. De fondo, Estambul es dibujada como una ciudad próspera en lo material y que intenta asemejarse a Paris.
“El museo de la inocencia” – reseñada en esta página – fue recibida con beneplácito universal y su autor otra vez entró en el escalafón de los grandes novelistas contemporáneos. Desde entonces, se ha acostumbrado a recibir innumerables comentarios de sus lectores: “señor Pamuk, ¿es usted Kemal? ¿De verdad le sucedió todo esto?”.
Entonces, en “El novelista ingenuo y el sentimental” (Editorial Mondadori) es el mismo Orham Pamuk quien reflexiona sobre la confusión entre la realidad y la ficción que surge en los lectores de literatura. El Nobel, ante la insistencia de la pregunta, sostiene que: “no, no soy mi héroe Kemal. Pero me resultaría imposible convencer a los lectores de mi novela de que no soy Kemal”. El intento de diferenciar qué partes de una novela son reales y qué partes son imaginarias, es uno de los grandes placeres de la literatura. Más que nada porque la incertidumbre alimenta la imaginación del lector, quien busca sus explicaciones en la historia. O el reflejo de sí mismo, puesto que toda buena novela engaña al lector, y le permite creer que se está hablando de él: “empezamos a sentir que la novela fue escrita sólo para nosotros, y que sólo nosotros podemos entenderla de verdad”.
Por lo demás, como señala Pamuk: “escritores y lectores han intentado, sin éxito, alcanzar algún tipo de acuerdo sobre la naturaleza de la ficcionalidad de la novela”. Esa falta de acuerdo es la fuerza motriz de la novela.
La elaboración de “El museo de la inocencia” le tomó diez años a su autor, y comenzó justamente como un proyecto de museo, recolectaba en las tiendas de antigüedades un sinnúmero de objetos que necesitaba para ser protagonistas de su relato: “encontré un vestido de tela muy brillante con rosas naranjas y hojas verdes, y decidí que sería el adecuado para Füsum, la heroína de mi novela”. Una novela puede ser también un museo que preserve los recuerdos y las historias. O dicho de otro modo: la novela puede ser el catálogo del museo, “un catálogo que contara detalladamente la historia de cada una de las piezas que contenía”.
El último género en sumarse a la literatura, la novela, es hoy el más vasto. Incluso en épocas oscuras de los pueblos, con regímenes autoritarios y despóticos, por la capacidad de disfrazar a la realidad, denunciarla con los trucos de la ficción.
En otra ocasión una lectora acosó al autor de una manera inquietante: “señor Pamuk, he leído todos sus libros. Lo conozco tan bien que se sorprendería”. Hasta parecía un comentario amenazante que por varias semanas abochornó al autor, incapaz de entender sus dimensiones. Ocurre que, aunque no lo desee, y de manera inconsciente, el escritor se dedica a confesar detalles íntimos de su alma y los expone – en este caso – a millones de personas que se acercan a sus libros. Lo que había permitido que esa mujer tan perspicaz afirmase ser tan cercana al alma de Pamuk habían sido las experiencias sensoriales del autor “que yo había trasladado de forma inconsciente a todos mis libros, a todos mis personajes”.
Para quienes leímos con avidez “El museo de la inocencia”, este libro funciona como una especie de documental de la misma: ahora el autor nos cuenta cómo se escribió y qué repercusiones ha tenido. La mayoría de ellas, por fortuna, gratificantes: “nos gusta leer novelas para confundir lo imaginario con lo real”.





