Rodrigo Díaz Cortez
Política es una palabra paleolítica
“El pequeño comandante” es una novela breve, en tono de metáfora infantil, que aborda el periodo en que Chile fue gobernado por un personaje, un general, con nombre de libro de cuentos para niños. El protagonista conserva un cuaderno con apuntes de sus fantasías, trozos de historietas de revistas y retazos de cruda realidad.

Benito anota cada detalle en su cuaderno, como una crónica de sus aventuras y de lo que sucede en el pueblo nortino de Paitanás, a orillas del río Huasco. Su abuelo le dice que su cuaderno es una habitación de juegos, y Benito lo cree así. Además, en sus páginas agrega recortes de Condorito, su historieta favorita. Su imaginación se dispara: se cree un comandante pirata en eterna lucha contra los vampiros o los soldados de madera de Pinocho.
Algo preocupante rompe la tranquilidad de Paitanás, unos viejos se sientan por la tarde en los bancos de la plaza, frente a la iglesia, “y hablan de los amigos a quienes sacaron de sus casas y de quienes no se conoce su paradero”. Al parecer, es también la suerte de los padres de Benito, por eso vive con los abuelos.
La chaqueta del padre de Benito cuelga en el armario de la abuela, él a veces se la pone para rememorar su olor, su presencia: “a mí me gusta perderme dentro de ella”. Benito recibe cartas de su padre con regularidad, aunque el sobre no tiene timbres ni remitente ni estampillas. En algún momento ha comprendido que son “cartas bien escritas por el abuelo”.
“El pequeño comandante” (Editorial Mondadori) es un brevísimo y emotivo relato de Rodrigo Díaz Cortez, una historia en clave de cuento infantil que nos sitúa en un pasado cercano en que la gente tenía la mala costumbre de desaparecer. En tales circunstancias, la abuela se preocupa por el nieto, intenta mantenerlo al margen – que no escuche la radio Cooperativa como ella, que siempre termina llorando por las informaciones – y que mejor se dedique a divagar con su imaginación: “cuando le pregunto por el Dictador Imperialista Pinocho, a ella le entran ganas de ir al baño, es una cuestión automática, y me manda a abrir el cuaderno, a encerrarme a jugar con las mentiras que escribo”.
Benito cree que la política es una palabra que se parece a paleolítica. Sale a jugar al río y a leer revistas Condorito con Jim, aunque sabe que su amigo es del otro bando, un vampiro. Y que los vampiros están en guerra con los piratas, como Benito y sus abuelos. La madre de Jim lo detesta, le dice que es una mala junta para su hijo. El padre de Jim es mecánico de la Fuerza Aérea, por eso siempre está ausente. O tal vez no es mecánico, sino piloto de Hawker Hunter.
Por la televisión, la empresa de helados Bresler lanza una promoción que entusiasma a Benito: monedas de aluminio del Banco de Pelotillehue con los personajes de Condorito, pero el abuelo quiere apagarle la tele al nieto porque “nos convierte en niños sin historia”. Por eso, el televisor siempre permanece tapado con un mantel.
Rodrigo Díaz Cortez mantiene en todo momento ese lenguaje sencillo de la infancia, no se traiciona por buscar una retórica más compleja. Lo suyo es la metáfora, los juegos de niños son espejo de los juegos de adultos: “está claro que los soldados con metralletas tiene una ventaja enorme con respecto a las espadas de los piratas”.
Benito desea escribir una historia de piratas y un tesoro perdido en un bosque de higueras, pero no se atreve: “tienes que sentarte y empezar, carajo, me digo. Aunque no tengas la primera frase, tienes que escribir sin pensar”. El tiempo se le pierde en las incursiones alrededor del río con su amigo Jim, para lo que tienen escondida una cámara de neumático que usan como flotador. Paitanás a ratos parece un paraíso, siempre que no se sintonice la radio Cooperativa y lo ancle con la realidad.
Y Benito anota en su cuaderno lo que ve y lo que escucha, los hijos ausentes, las personas que no aparecen, el festival de las protestas callejeras: “lo hago sólo como una guía que me ayuda a descifrar la contienda entre los vampiros y los piratas vestidos de Condorito”. Su abuela le pide que no piense tanto, que mejor viva su infancia para que no sea tan pronto un “viejo chico”. Pero Benito no entiende y vuelve a preguntarle por el Dictador Imperialista Pinocho, y ella comienza a llorar. Le ordena que se vaya para su pieza a jugar con las mentiras que escribe en su cuaderno.





