Titolandia

Juan Sasturain

La KGB, Boca Juniors y los payasos socialistas

“El caso Yotivenko” es un notable volumen de relatos melancólicos, que de pronto se asemejan a los apuntes de una investigación periodística. Juan Sasturain, el autor, a ratos escribe como si fuese poesía en prosa.

Para Yuri Andrei Tchorkhivenko la vida no le resultó como lo hubiera deseado: lejos de su patria, en una ciudad, Buenos Aires, que le era totalmente ajena, salvo por el idioma que él dominaba bien. Yuri hablaba español con fluidez, ya sabremos por qué. Durante una visita de la selección soviética de fútbol, a principios de los años sesenta y como una estrategia para ganar bonos en la guerra fría, los jerarcas de la embajada roja discurren la idea genial de “donar” al club deportivo Boca Juniors al ágil veinteañero Tchorkhivenko, como una forma de hermanar las naciones: “algo que se usaba, visitas pautadas con la regularidad del Sputnik, como las giras periódicas del Circo de Moscú con payasos socialistas y osos que hacían de todo”.

Bautizado de inmediato por sus compañeros de equipo como Yaya Yotivenko, el desdichado deportista demostró en la cancha que no merecía estar ahí, justamente en la cancha. Lo pasaron al segundo equipo, y tampoco. Era malo, de frentón. Pero se esforzaba, como un buen tipo. Hasta que un día llegó con una irreparable lesión en la rodilla derecha, tan fea que cualquiera podría haber pensado que se trataba de una herida de bala…

El problema de Yuri Andrei Tchorkhivenko es que él no era él, sino otro. Se llamaba en realidad Santiago Vladimir Castillo, de padre español y madre rusa, había nacido en Moscú en 1940. Una serie de malas jugadas y trampas del destino lo llevarían a perder su identidad y convertirse en futbolista del tercer mundo, entre otras razones porque Santiago Vladimir solía compartir lecho con la esposa del jefe de la KGB en Buenos Aires. Y eso sale muy caro en cualquier ciudad.

El resumen anterior corresponde al relato “El caso Yotivenko”, del escritor argentino Juan Sasturain, y que da el nombre a este vigoroso volumen de cuentos en que el autor establece vínculos entre la realidad y la ficción, entre el periodismo de investigación y el cuento a secas, invulnerable a la cuota de los hechos.

¿Será cierto? Sasturain se mete en su propio cuento y relata no como un autor, sino como un testigo. A veces por azar: comienza por explicar que se encontró con Yuri Andrei Tchorkhivenko en la consulta del urólogo, ambos ya sobre los sesenta años, lo que siempre puede ser una mala noticia. Y lo fue para el soviético-español: murió de cáncer ocho meses después. Ese día en que lo vio, sugiere Sasturain, el Yaya parecía estar dispuesto a develar su identidad.

Son cuentos, pero cruzan la frontera, como el caso de Roberto Parmigiani, narrado como si fuese una crónica periodística en el relato “El tango de Antes”. Su padre había sido bandoneonista afamado – “al menos en su barrio” – y había querido que su hijo le siguiese los pasos, pero Roberto era negado para la música y su cuerpo más bien se asemejaba al estuche de un contrabajo. Pesaba 120 kilos. Probó suerte como levantador de pesas y le fue mal. En una olimpiada conoció a Sonia, una gimnasta con aspecto de jilguero, una chiquita peruana de ascendencia asiática. Y se enamoraron. No sabían cómo ganarse la vida, hasta que descubrieron un nicho de mercado sin explotar: el baile del tango. La pareja era inusual, ella muy menudita y él un mastodonte sin gracia. ¿Cómo bailaban? Simple, Roberto se mantenía estático, no se movía más allá de dos o tres baldosas del suelo porque su tamaño no daba para más. Y ella, Sonia se trepaba sin temor ni pudor por el cuerpo de su compañero “como si la uniera a él un vínculo elástico mucho más sutil que los brazos”.

Roberto y Sonia alcanzan el éxito porque nunca falta el teórico de las artes que ve en ellos, en la carencia de talento, “una metáfora evolutiva de la danza ciudadana, en la que, a la manera de las disciplinas clásicas, mientras el bailarín tendía cada vez más a la inmovilidad y al gesto funcional de soporte, la mujer echaba vuelo, picaba en él para dibujar el aire”.

Juan Sasturain es un escritor prodigioso y un maestro en el uso poético del idioma. Por eso sus relatos son cariñosos y sentidos, se entienden como si alguien nos los estuviese narrando al oído, como un secreto. El mejor volumen de cuentos del año.

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