Titolandia

Jorge Camarasa y Carlos Basso

Nazis en América, sólo faltó Indiana Jones

Una acuciosa investigación de los periodistas Jorge Camarasa y Carlos Basso deja al descubierto el entramado de influencias, el acomodo en la sociedad y el anonimato impune que disfrutaron los jerarcas del Tercer Reich en el continente. Y cómo, además, buscaron inventarse una mitología que los justificara.

Es pertinente que el lector se sacuda de algunos errores atávicos del relato histórico tradicional: no era como nos habían enseñado en el colegio. Por ejemplo, pocos se han enterado de que en el lejano año 877, seis siglos antes de la llegada de Cristóbal Colón a estos pagos, un grupo de vikingos habría alcanzado las costas de México. Luego descendieron por Los Andes hasta “fundar Tiawanacu en la actual Bolivia, y en el siglo XII, derrotados por tribus diaguitas, se habrían dispersado hacia el Este, refugiándose en lo que hoy es el límite brasileño-paraguayo de la cordillera de Amambay”. ¿Le suena mejor esta versión, esa explicación de la raza aria perdida?

Se trata de una de las tantas ilaciones disparatadas de los arqueólogos nazis que buscaban “descubrir” un vínculo ancestral entre Alemania y América, territorio en el que fueron tan bien recibidos por los regímenes militares y pro-nazis que tanto proliferaron. Antes y después del Tercer Reich los alemanes emigraron por distintas razones a este continente, primero como colonos en zonas inhóspitas, luego como espías, saboteadores y agregados militares, y más tarde como criminales huyendo de la justicia en Europa.

“América nazi” (Editorial Norma) – del periodista argentino Jorge Camarasa y su colega penquista Carlos Basso (¡penquista!)– es una completísima investigación acerca de los simpatizantes y jerarcas nazis que aquí encontraron a tantos amigos que, felices, se sintieron como en casa. Ciertos gobiernos fueron más proclives a abrir sus puertas a científicos, técnicos y militares tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. No importaba que esos muchachos tuviesen particulares concepciones sobre la pureza racial, y que deseasen aplicar sus planes en esta nueva Germania, o que tuviesen un prontuario genocida aterrador. Bienvenidos, chicos.

no de los documentos más notables rescatado por los autores se refiere a la carga que un submarino alemán acercó a las costas argentinas a principios de 1945, una fortuna en numerosas monedas, además de oro, plata y diamantes. Por medio de un agente alemán en Buenos Aires, los fondos fueron depositados en varios bancos afines a la causa en una cuenta perteneciente a una conocida actriz de radioteatro: María Eva Duarte, que luego sería mitificada como Eva Perón. No era extraño: su esposo, Juan Domingo, en ese momento candidato a la presidencia, más tarde crearía la institucionalidad necesaria para brindar asilo al mayor número de nazis fugitivos. Varios de ellos serían sus amigos personales, sus consejeros y hasta miembros de su aparato político.

“América nazi” es un libro tan crudo, tan puntilloso en los detalles que – por eso mismo – parece irreal, como si a Indiana Jones, el personaje del cine interpretado por Harrison Ford, le hubiese faltado una aventura en el continente intentando arrebatarles el arca de la alianza o el santo grial a esos tipos locos, ensimismados en la supremacía racial y en la expansión territorial. Salvo que no fue comedia. A medida que transcurrían los años los nazis siguieron disfrutando de su calidad de huéspedes privilegiados, y más en la época en que los regímenes militares coparían entero el cono sur de América. Nada mejor que una asesoría nazi para aspectos siempre difíciles, como la represión, la tortura y la desaparición de personas. Boleta de honorarios.

Joseph Mengele tomaba el sol en Brasil, Klaus Barbie caminaba por La Paz, Walther Rauff por Santiago y Punta Arenas y Eric Priebke disfrutaba del europeo Bariloche. Mientras, fuera del continente eran infructuosamente buscados como criminales: “todos los gobiernos sabía de ellos y muchos los ocultaban por acción u omisión: algunos de esos hombres eran útiles a los servicios de inteligencia propios o ajenos, y en todo caso, siempre era mejor mirar a otro lado y esconder la basura bajo la alfombra”.

ero Argentina siempre ganó, fue la puerta de entrada a la América nazi. El Estado peronista tolerante y complaciente, a veces cómplice, había abierto sus brazos para acoger a estos inmigrantes incomprendidos en su tierra de origen: “les había dado trabajo en la administración pública, los había contratado como asesores de sus policías y ejércitos, y había rechazado pedidos de extradición que iban llegando”. “América nazi” es un libro soberbio que se ha propuesto ventilar el rescoldo de esa inmundicia ideológica que se infiltró en nuestro continente y que en Chile, en Paraguay o en Argentina encontró a tanto zonzo que la aplaudió de pie. Y todavía. Como diría Obelix: estos nazis están majaretas.

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