Titolandia

Correr el tupido velo

Pilar Donoso, vencida por su trágico sino

La temprana desaparición, el martes 15 de noviembre, de la hija adoptiva del renombrado escritor chileno es excusa para volver a leer “Correr el tupido velo”, el único libro que ella escribió y en el que ajusta cuentas con su padre y consigo misma, y en el que entrega pistas de lo que iba a suceder.

Toda biografía, por más objetiva que pretenda ser, por más corta o larga que resulte, es literatura. Es decir, no hay biografías perfectas, como tampoco hay un perfecto mapa de El Amazonas, sino sólo puntos más o menos coincidentes con la realidad. Si el autor de la biografía, además, se esmera en la pasión con que cuenta la historia y mantiene una cercanía sentimental con el sujeto de estudio, puede alcanzar la belleza y la estructura literaria propias de una novela. Es lo que ha conseguido Pilar al sumergirse en la vida de su padre, José Donoso.

“Correr el tupido velo” (Editorial Alfaguara, 2009) es una obra íntima, personal, cuya mayor habilidad es la capacidad de desligarse por completo del personaje que la ha generado para transformarse, desde las primeras líneas, en un libro que puede leerse de manera independiente. Como la novela de una hija que no encuentra a su padre.

Uno de los conspicuos miembros del boom latinoamericano de los años sesenta, aunque sentado en la segunda fila, José Donoso es presentado como un cúmulo de contradicciones entre su afán de mantener la privacidad y el secreto, y su carácter de exhibicionista expuesto en los miles de folios que escribió hasta el final de sus días: “el temor a la muerte está clavado en el medio de mi personalidad… Temo por mi vida. No tengo fe, creo que no creo en nada”.

José y su esposa María del Pilar no pudieron tener hijos, así que durante una estadía en Madrid en 1967 decidieron adoptar a una niña, Pilar, la que más tarde se convertiría en su biógrafa como si fuese su destino desde el principio del tiempo: “pues si bien no era su hija biológica, él me regaló en vida, y ahora a través de sus cuadernos, la voluntad de aprender a mirarme y de sacar las capas que cubren mi propia alma”.

En un momento de apreturas económicas, que los tuvo muchos, Donoso le vendió a la Universidad de Iowa todos sus apuntes, diarios, notas de viaje. Esos documentos serían después consultados por Pilar con asombro, con cariño y también con algo de dolor. El escritor se mostraba ahí tal cual era, algo neurótico y delirante: hablaba de sus fracasos y miedos, de sus múltiples enfermedades que lo llevaron varias veces a hospitales de Europa y Estados Unidos, y del peso que le significaba una esposa alcohólica que no paraba de beber: “es increíble lo fea que se ha puesto”.

En el estudio de estos apuntes, Pilar descubre numerosas máscaras de su padre, “más de las que yo supuse que tenía”. Incluso algunas alusiones poco delicadas a su hijita querida, pese a que ella, cuando fue mayor de edad, se había preocupado con tesón de las tareas más difíciles en casa de sus padres. Tanto, que el propio José una vez le dijo: “tú has sido más madre mía que yo padre tuyo”.

Mientras escribía las novelas que lo consagrarían, José Donoso deambularía por varios países europeos, posponiendo eternamente su regreso a Chile. En el extranjero entabló amistad con los grandes de América Latina – Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez –, lo que coincidía con el esplendor de la narrativa del continente con sus famas y premios derivados. Sin embargo, “intuyó que en el fondo nunca fue parte importante del movimiento, al igual que en otros momentos de su vida sintió su incapacidad de ser parte de un grupo o de un partido político”.

Las amistades de Donoso iban mucho más allá de las figuras del boom, se codeó con artistas, cineastas y filántropos de primer orden. Así también tuvo poderosos mecenas que confiaron en su talento y lo protegieron de las miserias cotidianas para que se dedicara a la escritura. Y cumplió las expectativas, “mi padre murió escribiendo, aun en un último esfuerzo. Fue un ESCRITOR su vida entera, fue su profesión y su pasión”, señala Pilar.

La herencia de José Donoso como padre cariñoso y como padre bestial es tan pesada, tan profunda, que su hija adoptiva perdió la batalla en el esfuerzo de sistematizar la memoria para comprender la razón de su propia vida. “Correr el tupido velo” es hoy, entonces, un libro cerrado como una lápida que contiene varias tragedias de las que ni su autora pudo escapar. Pilar perdió a su familia en el largo proceso de revisión de los cuadernos de su padre y en la escritura de su historia. Luego, por desgracia, decidió quedarse también ahí, en el recuerdo de días mejores, cuando sólo conocía el amor de su padre y no las saetas que a la par le iba dejando en sus manuscritos.

“Correr el tupido velo” es uno de los libros más bellos que he leído en años, y lo es más ahora, cuando al fin hemos entendido el mensaje secreto de Pilar.

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