Titolandia

La mayor tragedia es una victoria

La portada del libro es elocuente: aparecen la fallecida Dama de Hierro inglesa, que no titubeó en enviar sus tropas al Atlántico Sur, y doña Cristina, la actual representante de la nación que no puede aceptar el resultado de su fallida aventura bélica.


Pocas guerras habían sido tan anunciadas como la Guerra de Las Malvinas, en 1982: desde que los argentinos invadían las islas hasta la llegada de la flota inglesa para recapturarlas. En ese periodo, la mitad del mundo comenzaba a alinearse por uno u otro bando, a veces de manera disimulada, y a veces abiertamente. Chile, con el recuerdo fresco del conflicto con nuestros vecinos en 1978, se ubicó junto a los ingleses. Y en la revista peruana Caretas la situación era “poco favorable para un editor chileno. Es que, en pocas horas, la opinión pública peruana se había volcado a favor de Argentina”. Ese editor era el periodista José Rodríguez Eliozondo.

En “Guerra de Las Malvinas. Noticia en desarrollo 1982-2012” (Editorial El Mercurio Aguilar) el autor presenta un lúcido análisis de un conflicto literalmente en eterno “desarrollo”, porque los más de treinta años que nos separan del enfrentamiento armado no han servido para olvidarlo. El libro se estructura en una ágil mezcla de las informaciones y opiniones publicadas en Caretas por aquellos días, junto con alcances y análisis actuales. Es una “historia contemporánea de ayer”, como la define el propio Rodríguez: “es el recuerdo procesado de semanas apasionantes, con cierres abrumadores en la oficina del director, alrededor de una botella de buen whisky”.

Pese a esa relación cordial, el autor señala que siempre hubo roces debido a los distintos puntos de vista para abordar el tema. Una vez, por ejemplo, el director lo increpa: “¿Por qué sigues informando que Argentina está perdiendo la guerra? ¡Tú quieres que pierdan los argentinos!”. La respuesta de José Rodríguez ante la acusación es tautológica: “porque los ingleses no pueden perder”. Y luego agrega: “Creo que estamos ante el cargamontón externo de quienes quieren desinformación, para que la realidad coincida con sus deseos”.

¿Cuál era el contexto de la época? Dictaduras militares en Chile y Argentina, con la diferencia de que la del otro lado de Los Andes estaba asfixiada y vivía quizás sus últimas semanas. La jugada del dictador – y reconocido beodo – Leopoldo Fortunato Galtieri fue apelar a un nacionalismo, cuyos resultados serían sangrientos, para unificar a su país y mantenerse en el poder. Que Las Malvinas fuesen o no argentinas era un tema secundario.

En los escenarios internacionales en que nuestros vecinos pedían ayuda y solidaridad para lo que su canciller llamaba “la causa de América”, Chile se abstuvo. “Desde Londres y desde Buenos Aires, ambos bandos trataban de ganar la guerra de la información”, señala el autor, y en nuestro país era mejor recibida y deglutida la versión británica.

¿Y son argentinas Las Malvinas? De acuerdo al historiador Luis Alberto Romero, citado por Rodríguez, el problema es que las islas no constituyen un caso colonial clásico – como en India, Argelia o Indochina – donde la reivindicación libertaria provenía de los mismos pueblos. En Las Malvinas “nunca hubo una población argentina, vencida y sometida, y quienes viven en ella no quieren ser liberados por la Argentina”.

Junto al periodista Jorge Lanata, Romero integra un grupo de profesionales y académicos críticos de la aspiración trasandina por las islas, cuyas publicaciones en la prensa son continuas y siempre polémicas: “En honor a los tratados de derechos humanos incorporados a la Constitución de nuestro país, los habitantes de Las Malvinas deben ser reconocidos como sujetos de derecho”. Las respuestas de sus detractores, algunas recogidas por el autor, son violentas: “Lanata y su lacra, vendepatrias, cipayos y traidores, no se puede estar del lado de los piratas ingleses… la sangre de nuestros soldados sólo se limpiará cuando los ingleses devuelvan Las Malvinas”.

“Guerra de Las Malvinas” es un libro apasionante porque efectivamente se aborda como una novela épica interminable e inconclusa. Los estragos todavía se sienten como en el primer día luego del triunfo británico, y cobran actualidad con noticias como la muerte de la ex primera ministra Margaret Thatcher. Hacia el final, José Rodríguez Eliozondo cita una frase del general Wellington – el que se enfrentó a Napoleón – que ilustra lo que ha sucedido hasta ahora: “La mayor tragedia en el mundo es una victoria, con excepción de una derrota”.

 

Constantinopla es una hermosa prisión

“Habladles de batallas, de reyes y elefantes” es el relato de un poco conocido viaje del maestro renacentista Miguel Ángel para aceptar un mandato del temido Gran Turco de la época. No fue fácil cumplir lo solicitado ni tampoco regresar vivo a casa.

El talento artístico de Miguel Ángel es indiscutido, extenso y multifacético. Pero posee además otro talento más oscuro: la habilidad de ganarse enemigos poderosos. Por eso debe estar muy atento a las estocadas arteras y a las peticiones de obras de papas y príncipes. En 1506 Miguel Ángel ya es famoso: ha esculpido “David”, extraído de una gigantesca y única pieza de mármol, y convertido en el símbolo de la rica ciudad de Florencia.

Hay un contratista de muy mala paga que lo persigue: Julio II, conocido como el papa guerrero. De entre los encargos que pesan sobre el artista se halla la tumba en que el pontífice desea ser enterrado y que deberá ser, por cierto, magnífica y ampulosa. “Baste de apuntar que, de haberme quedado en Roma, mi tumba hubiera sido construida antes que la del papa. Ese es el motivo de este movimiento súbito”, le escribe Miguel Ángel a su maestro Giuliano da Sangallo.

“Habladles de batallas, de reyes y elefantes” (Editorial Mondadori), del francés Mathias Énard, es una breve novela histórica que describe el más increíble viaje de trabajo de Miguel Ángel cuando decide aceptar un encargo del Gran Turco, el sultán Beyazid II de Constantinopla. Tierra de los herejes, los enemigos de la cristiandad, y peor porque hace pocos años los moros y los judíos han sido expulsados de la península española.

Al llegar casi de incógnito a la actual Estambul, sabiendo que pagará con la vida si los católicos de Florencia o Roma se enteran, el artista es recibido con júbilo y amabilidad por las autoridades comisionadas para fiscalizar la tarea que le piden: el diseño de un gran puente sobre el Cuerno del Oro que una las dos orillas del Bósforo. Se le pagará bien, le aseguran, y su estadía será grata. Un poeta, Mesihi de Pristina, le acompañará y será su guía turístico: “seres extraños estos mahometanos tan tolerantes con las cosas cristianas. La ciudad está poblada principalmente por latinos y griegos; las iglesias son numerosas. Se distinguen algunos judíos y moros por sus ropajes”.

Miguel ángel es metódico y ordenado, toma apuntes y bocetos casi todo el día, y trata de llevar bien sus apretadas cuentas: “19 de mayo. Bujías, lámpara, dos monedas pequeñas… fritura de pescado, dos palomos, un ducado y medio; servicio, una moneda pequeña; cobertor de lana, un ducado. Agua fresca y clara”.

No obstante, antes de empezar siquiera a tirar líneas, Miguel Ángel se deja seducir por la noche, por los placeres mundanos: el vino, el opio, las tabernas de Constantinopla. Y por Mesihi, que lo mira con ojos apasionados y lo cela de otras compañías, hombres y mujeres.

El florentino siente que ha cometido un error, pero lo alienta el espíritu de competencia: sabe que, antes, Leonardo Da Vinci no pudo con el diseño del puente. Así, tras varias resacas, al fin obtiene un boceto para el Cuerno de Oro. De inmediato los arquitectos asignados para él elaboran una enorme maqueta a fin de mostrársela al Gran Turco, esperando su visto bueno. Beyazid II queda satisfecho, y dispone de los recursos, pero Miguel Ángel está lejos de ser liberado para volver a su tierra. Le entregan apenas un adelanto para que pueda vivir el día a día y – de suntuoso regalo extra – un reino en las lejanas tierras de lo que hoy es Bosnia.

Atrapado en los vericuetos palaciegos, sintiéndose observado y perseguido – y con Mesihi siempre junto a él acechándolo en el sueño – Miguel Ángel comprende que Constantinopla es una hermosa prisión. Entiende que debe regresar a Florencia y a Roma, el papa guerrero lo ha amenazado con la excomunión, de seguro ya sabe que se ha ido a trabajar con el Gran Turco. Tampoco ha podido enviar suficiente dinero a sus hermanos, apenas unas cartas en las que no puede contar mucho.

“Habladles de batallas, de reyes y elefantes” refleja un profundo conocimiento del eterno choque cultural entre oriente y occidente. Su autor es profesor de Árabe en la Universidad Autónoma de Barcelona y ha residido por largas temporadas en Estambul. El relato es una lección de tolerancia religiosa que hoy es difícil de encontrar: un artista occidental y cristiano es reconocido en sus méritos y llamado a trabajar en el oriente musulmán. Notable.

Un artista de la nada y la cosa ninguna

En “El descubrimiento de la pintura” el chileno Jorge Edwards rescata la memoria de un pariente poco agraciado que se empecinaba en abrirse paso por la plástica, aun cuando no había venido jamás un cuadro y todos dudaban de su talento.

Jorge Rengifo Mira era un incomprendido pintor de fines de semana porque el resto de los días, como cualquier sujeto, debía trabajar para ganarse la vida. Sin embargo, “su alma oculta y fogosa, sus deseos más secretos, estaban dirigidos a ser pintor con toda la barba, ¡maestro pintor!”. Con antepasados llenos de gloria en el ejército y en la historia de Chile, Rengifo no había dado el ancho en la milicia, de la que había sido expulsado sin mucho aspaviento gracias al honor que aún rezumaba de su apellido.

No querían mucho a Rengifo, ni en su empleo de funcionario ni entre sus amigos y parientes que se burlaban de sus excentricidades. Le decían Fonfo o Rengifonfo. Sus habilidades plásticas eran siempre cuestionadas, en parte por su negativa a estudiar la pintura de otros artistas o siquiera mirar cuadros ajenos: “es el único pintor, en toda la historia de la pintura, que no partió de los artistas anteriores a él, de sus innumerables precursores, sino de la nada, de un vasto espacio en blanco”.

“El descubrimiento de la pintura” (Editorial Lumen) es un alegre divertimento del escritor Jorge Edwards, una especie de archivo perdido en la redacción de sus memorias y cuyo primer volumen, “Los círculos morados”, fue reseñado en esta página. El autor rememora a Jorge Rengifo Mira, un tío del lado materno, un familiar venido a menos que toda su vida intentó convertirse en pintor. Como un relato personal, el mismo Edwards aparece de personaje junto a su medio hermano Clodomiro, a su padre y a su madre.

Con aspecto descuidado, la corbata mal anudada, los calcetines blancos asomando bajo sus pantalones mal cortados, Rengifonfo tenía eso que llaman el don de la inoportunidad: llegaba cuando no se lo esperaba, cuando no había sido invitado. Así por ejemplo, el día en que nació Jorge Edwards – naturalmente, el parto en casa, como se estilaba – apareció Rengifo, merodeó por las habitaciones hasta que entró al cuarto en que la matrona cumplía con su oficio, “de manera que mi primer conocido en esta tierra, en este valle de lágrimas, digamos, fue Fonfo, intempestivo y sorprendido, incluso asustado ante su propia precipitación”.

Y así se mantuvo el tío Rengifo por varias décadas incrustado a la fuerza en la vida del narrador. La reunión habitual era para escuchar música, de la que el personaje era un fanático. Pero pesaba sobre él otra maldición: “la idea cavernaria de mi padre de que pintores, poetas, pianistas, actores de teatro de cualquier cosa, para no hablar de bailarines, eran maricones de necesidad”. Al pobre Rengifo no le valía ser heredero de las hermanas Magdalena y Aurora Mira, sus tías, ambas artistas plásticas consagradas de principios del siglo XX, porque el talento – decían todos – no se había transmitido por la sangre. Para el padre del narrador, Rengifo era “un artista de la nada y la cosa ninguna”.

Como ocurre con los relatos de Jorge Edwards, en el fondo se respira un Santiago ya perdido en la modernidad pero que tuvo a familias principales viviendo en casonas frente al cerro Santa Lucía o por el lado sur de la Alameda, inmuebles que hoy sirven de albergue a los vagos y menesterosos. También asoma el retrato de un país en que no ocurrían grandes cosas, pero ya existían “la torpeza, el desorden, el caos, teñidos de una buena dosis de infantilismo”, que nos encaminarían por derroteros insospechados y trágicos pocos años después.

Mientras, Rengifo seguía pintando sin mirar otras pinturas y sin vender ni un cuadro. Su sobrino escritor arregla cuentas con la memoria del personaje, sabiendo que los hechos poco o nada tienen que ver con dicha memoria. Así es como lo reivindica y lo rescata del olvido: “Genio y figura, Jorge Rengifo Mira, el incomparable Fonfo, y ahora me arrepiento de no haber sabido comprarle alguna de sus obras”. ¿Acaso alguien guardará más que sea una muestra de la producción pictórica del tío Rengifo?

Sin duda, Jorge Edwards disfrutó como un niño en la redacción de “El descubrimiento de la pintura” y agregó toques de ingenio como cuando, al principio, señala que será un narrador omnisciente, a la manera de Balzac o Blest Gana, o sea, alguien que conoce la historia privada de la parentela “hasta las venillas de la nariz y los granos de la cara”.

El paisaje urbano y el paisaje literario

“Lugares con genio” es un apreciable recorrido por numerosas ciudades que, en su momento, albergaron e inspiraron a los más grandes escritores universales. Chile también aporta.

 

Un niño de ocho años es llevado por su madre a ver al oftalmólogo, una cita que será determinante en su vida porque desde esa edad estará condenado a usar anteojos. En la consulta, cuando el profesional le estaba revisando los ojos, el pequeño ve arriba de un armario el busto de un personaje que le parece reconocible, y le dice a su madre: “¡Mira, mamá, es Dante!”. Y no es porque el niño haya sido un superdotado de conocimientos, sino porque en su casa se entretenía en la biblioteca de su padre. Allí había una edición colosal de “La Divina Comedia”, de Dante, con las alucinantes ilustraciones de Gustav Doré.

El pequeño se llamaba Fernando Savater, varias décadas más tarde convertido en filósofo, ensayista y escritor. Y ahora nos presenta “Lugares con genio” (Editorial Sudamericana), un viaje personal por las distintas ciudades muy identificadas con algunos escritores. Así tenemos a Kafka en Praga, a Borges en Buenos Aires, a Neruda en Chile, a Virginia Wollf en Londres y a Dante en Florencia, entre otros. Savater describe a estas urbes con agudeza y las va relacionando con los autores que recorrieron sus calles, sus parques y cafés. Matiza datos biográficos con reflexiones de la obra literaria de cada uno, y agrega pequeñas entrevistas con libreros y gente que conoció o estudió a los homenajeados.

Para el autor de “La Divina Comedia”, por ejemplo, Savater anota: “Uno de los momentos esenciales de la vida de Dante, aunque desconocemos si legendario e imaginario o real, fue su encuentro con Beatriz Portinari, quien se convirtió en su dama ideal, en su sueño amoroso”. Fue ella la que lo impulsó a su viaje por el inframundo y por el cielo, como una pareja del alma.

La detención en Santiago para invocar a Neruda nos atañe de manera directa. Savater menciona sus casas, sus colecciones, sus amores y su participación en la política. Es curioso que, cuando explica que una esas viviendas se llama La Chascona, deba enseguida explicar que “En Chile le se dice ‘chascón’ al que tiene pelo muy abundante, revuelto, greñudo”, como la cabellera de Matilde Urrutia. El español recuerda el efecto que en su adolescencia le produjo la lectura de los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, que, por lo demás, fue similar en otros miles de lectores: “Yo entonces podía escribir cualquier noche los versos más tristes, pero lo más triste de todo es que eran malísimos. De modo que agradecí mucho que Neruda hubiese hecho el trabajo de forma incomparablemente más competente y que me brindara un atajo expresivo de pasión adecuado y eficaz”.

En su visita a Buenos Aires, Savater es generoso en los elogios a Jorge Luis Borges, incluso habla de que la literatura se mide en AB y DB: antes y después de Borges. Señala que su estilo es “transparente de precisión y a la vez original hasta el capricho, falsamente humilde, con una adjetivación parca pero irresistible, que convierte en memorables expresiones de majestuosa sencillez”.

Savater también alude a la vieja polémica suscitada por la visita de Borges a Chile en 1976, y su entrevista con Pinochet. Se supone que por ese “error” la academia sueca le negó el Premio Nobel para siempre. El error más bien estuvo en confundir los actos de un autor con sus obras: “Me atrevo a cuestionar, en esta misma línea, el entusiasmo de Neruda por Stalin o el de García Márquez por Fidel Castro, por citar a dos escritores latinoamericanos a quienes no se privó del Nobel por sus declaraciones políticas”.

En el Madrid del Siglo de Oro confluían tres grandes figuras enfrentadas entre sí con odio y envidias: Francisco de Quevedo, Miguel de Cervantes y Lope de Vega. Es uno de ellos el que va a escribir la obra cumbre de la literatura en lengua castellana: “La silueta de don Quijote es conocida en todas partes del mundo y por personas que nunca han abierto el Quijote. Es ya parte de nuestra imaginación colectiva, un mito, una figura de la mitología de la humanidad, diría yo”.

“Lugares con genio” es un libro de viajes que establece bellos nexos entre el paisaje urbano y el paisaje literario de los escritores que han honrado a sus ciudades.

Un mundo en que la sorpresa es el hábito

Con nuevos ambiciosos e inmisericordes capitanes de conquista, con otras aventuras impulsadas por la sed de riquezas, “Urzúa” continúa la saga iniciada por “El País de la Canela”. Siguen llegando de España “los galeones solemnes y fétidos”.

Provenía de una familia opulenta de vascos que por varios siglos habían cultivado las guerras, el abolengo y la amistad estrecha con el rey de turno. Pero, a los 16 años, Pedro de Urzúa quería lo suyo propio. Y eso, al parecer, se encontraba al otro lado del océano. La idea le entusiasmó mucho más cuando oyó las increíbles historias de su tío materno, Miguel Díaz de Armendáriz, a quien recientemente habían nombrado juez de cuatro regiones del Nuevo Mundo. Así que fue tras él.

Díaz de Armendáriz acoge a su sobrino con beneplácito, mientras intenta poner orden en una campaña de conquista que se ha convertido en empresa criminal, con varias guerras civiles entre los mismos españoles, las que siempre ganan los más salvajes o los más acomodados con el poder real. Mientras, “Urzúa oía todo aquello fingiendo ser apenas un discreto asistente, cuando en realidad estaba explorando las fisuras por donde él podría introducirse”.

El tío descubrió en su sobrino “el placer turbio para mandar” y, como necesitaba de su ayuda, lo convierte en teniente de gobernación del Nuevo Reino de Granada (actual Colombia), “el más joven gobernante de conquista en la vasta extensión de las Indias”.

“Urzúa” (Editorial Mondadori) es la segunda novela de la trilogía sobre la conquista, creada por William Ospina. Hace una semana reseñamos aquí “El País de la Canela”. Queda pendiente la tercera parte: “La serpiente sin ojos”. Tal como en el libro anterior, el narrador es un muchacho, no sabemos su nombre, cuyo padre estuvo al lado de Francisco Pizarro. Ahora nos indica que todo este relato se lo ha contado su amigo Pedro de Urzúa, por eso escribe en primera persona.

Estamos en 1542, el monarca y la iglesia pretenden llevar la conquista por un rumbo más civilizado. Recién en 1534 el Papa ha emitido una bula en que declara que los indios son “seres humanos”. Es decir, hasta esa fecha los españoles habían estado cometiendo el pecado de zoofilia. Las “nuevas leyes para el nuevo mundo” se quedan en el papel, era impensado que “los conquistadores torvos” – como los llama Neruda – retrocedieran en sus ambiciones y concedieran derechos a los indios o a la incipiente población de esclavos negros. La tarea de Díaz de Armendáriz es titánica, y todos esos viejos tercios desean adularlo y acusarse unos a otros.

Como en la novela anterior, otra vez refulge la belleza poética de su fraseo en la descripción de este continente alucinógeno: “había mares de perlas, flechas con la muerte pintada azul en la punta y peces carnívoros cuyo extraño nombre era tiburones, que a leguas de distancia descubrían el olor deleitable de los naufragios; había bosques de árboles descomunales en los que siempre era de noche… y tiendas de indios llenas de pieles secas de indios vencidos”.

Tras destacarse en diversas comisiones para la corona, incluyendo el cargo de justicia mayor, en Lima Pedro de Urzúa “oyó por primera vez la leyenda del rey de oro, que tiempo después llenó sus pensamientos e invadió como un delirio sus días y sus noches”. Para buscar el mítico El Dorado, Urzúa organiza una expedición bien pertrechada que descenderá por el río Marañón y luego por el Amazonas, recientemente descubierto por Francisco de Orellana, hito narrado en “El País de la Canela”.

A Urzúa lo acompañan los amigos vascos que lo han seguido de España y una pléyade de hombres enceguecidos por la promesa del oro. Entre ellos, se infiltra Lope de Aguirre, conocido como “La ira de Dios”, que será la perdición del joven conquistador.

“Urzúa” continúa la saga salvaje y despiadada que fue el encuentro de dos mundos, y además entrega pistas acerca del carácter de los españoles forjado en un paisaje tan distinto del de su origen: “en nada se parecen estas llanuras hirvientes de San Sebastián de Mariquita, en el país de los gualíes, donde los bosques tiemblan a lo lejos por la reverberación de la tierra, a los páramos de hojas lanosas de Pamplona, desdibujados por la noche blanca”.

Debe haber un millar de libros que han apuntado estas historias, sin embargo, la narrativa de Ospina se yergue por encima de ellos como la representación de un mundo en que “la sorpresa es el hábito y cada día trae un sabor mezclado de frustración y milagro”.

El gran río no perdona dos veces

“El País de la Canela” relata la historia de una fallida y demencial expedición en busca de especias y que, por rebote, terminó con el descubrimiento del Amazonas. En la marcha trágica la selva cobró venganza por el atrevimiento.

Era el más pequeño de los hermanos Pizarro, aquellos que pasaron por el filo de sus espadas al imperio inca y se llevaron tanto oro a España que las embarcaciones se hundían por el exceso de carga. Pero Gonzalo, mucho menor, quería lo suyo, “buscaba un reino propio que estuviera a la altura de su ambición, y la noticia del País de la Canela le dibujó en el aire un destino más rico que la ciudad de pedernal de los muertos”.

Ellos habían venido a buscar las especias de Oriente, y fue oro y plata lo primero que encontraron. Buen premio de consuelo. Pero no se olvidaban de su propósito. Pizarro había traído canela para que los aborígenes pudieran olerla y decirle dónde podrían hallar en el Nuevo Mundo ese mismo condimento. Los indios le dijeron que hacia el norte y hacia el este había árboles de canela. Así se armó la expedición para conquistar un sueño, en febrero de 1541.

“El País de la Canela” (Editorial Mondadori) es una novela histórica elaborada con tal belleza que cada párrafo es una poesía en prosa. Su autor, el colombiano William Ospina, describe ese viaje de locos y la locura que significó la búsqueda mítica de bosques de canela. Con un par de centenar de españoles, unos cuatro mil indios y unos dos mil perros de guerra, Pizarro arribó a Quito para de ahí doblar a la derecha y cruzar las montañas y adentrarse en la selva. Se le une tardíamente otro conquistador joven, ya enriquecido por el pillaje y el expolio: su primo Francisco de Orellana.

Adentrados en la selva, el viaje se torna de inmediato una pesadilla. Los víveres se acaban pronto y se ven obligados a comerse a sus caballos. Pizarro, tan desalmado como sus hermanos, “no empezó a matar a los perros para alimentar a los indios sino que empezó a matar a los indios para alimentar a los perros”. Más tarde ordenará la muerte de todos los aborígenes. La expedición avanza a paso lento tratando de rehuir el cruce de ríos cada vez más caudalosos y anchos, sin saber a lo que se enfrentan: “ahora sé que en cada rizo de agua de estos follajes de las montañas está naciendo el río más grande del mundo”.

Extenuados, enfermos y reducidos a la mínima expresión humana, derrotados por la persistencia de los caudales, Pizarro decide detenerse y atender la fuerza de los ríos: construirán un bergantín, ahí mismo en la ribera, para que una expedición navegue río abajo a buscar alimentos.

Luego de varios meses, sesenta hombres se embarcan corriente abajo, pero no prevén que será imposible retornar contra la fuerza del caudal. El comandante es Francisco de Orellana. Jamás volverá a ver a su primo Gonzalo, ambos sobrevivirán pero llenos de odio el uno hacia el otro. Con la embarcación a la deriva y encontrándose con innumerables confluencias, Orellana inscribirá su nombre en la historia: descubrirá el río Amazonas.

No es al vetusto realismo mágico al que apela Ospina en “El País de la Canela”. Es un lenguaje nuevo – devoto de sus referentes, por cierto – en que es la poesía la que gobierna el relato, “y los cuentos de los indios, copiosos y agobiantes como lluvia en la selva”. De qué otro modo se puede contar una historia tan grandiosa como sanguinaria si no es apelando a una retórica que es el símil de la selva en la que, por codicia unos y por miedo otros, se perdieron tantas almas. El viejo tópico del encuentro de dos mundos recupera aquí su relevancia: los conquistadores se ven sobrepasados por la escala de la naturaleza, venían de una tierra en donde todo era pequeño, los bosques y los animales, y acotado a un sentido de civilización. Para el narrador, “lo único verdaderamente salvaje que produce la tierra europea son sus hombres, capaces de torcer ríos y decapitar cordilleras, de hacer retroceder las mareas y de reducir a ceniza sin dolor las ciudades”.

Francisco de Orellana bautizó así al Amazonas porque vio o creyó haber visto a mujeres desnudas arrojándole flechas y lanzas desde las orillas. Pudo llegar a la desembocadura en el Océano Atlántico, recibió títulos y territorios y años más tarde quiso repetir su epopeya pero en sentido contrario. El gran río no perdona dos veces: nunca más se supo de su persona.

“El País de la Canela” entra a pelear el ranking de los libros más hermosos que he leído en la vida.

Resúmenes de otros resúmenes

“La vida interior de las plantas de interior” es un magnífico volumen de cuentos breves que desconciertan al lector por el tono, el contenido y otras inteligentes trampas que ha colocado el autor, Patricio Pron.


Lost John estaba acostumbrado a recibir resultados de exámenes de VIH, se los exigían periódicamente debido a su oficio de actor porno. Pero esta vez se sorprende: se ha contagiado. Cómo proceder ahora, si además su agente también recibe una copia del examen y se filtra a la prensa. La pirámide de posibles contagiados por Lost John es gigante, comprende a todas las actrices con las que ha filmado películas triple X desde el examen anterior, y a su vez a todos los actores y actrices que han coincidido en el plató con la primera generación de contagiados. Lost John decide huir a Brasil, se hospeda en un hotel con un nombre ficticio – es decir, otro nombre ficticio porque el suyo ya lo es – y gastarse sus ahorros para esperar el final. No será tan simple, porque conoce a una muchacha, Luizinha, que le desarma su esquema de despedida.

El cuento se llama “La cosecha”, y se incluye en el volumen “La vida interior de las plantas de interior” (Editorial Mondadori), de Patricio Pron. Es una docena de relatos breves armados como si fuesen telegramas, o resúmenes de otros resúmenes, de modo que se conserva apenas un esqueleto de la idea narrativa pero no por ello pierde la profundidad de su evocación. Es el sello de Pron, así también la originalidad de sus títulos que actúan como un distractor que incita al lector a preocuparse de otros asuntos para luego caer golpeado por la sorpresa.

“Cincuenta y cuatro veces”, por ejemplo, es el relato en primera persona de Lump, el perro de Pablo Picasso que – así nos enteramos – fue retratado 54 veces por su dueño. El can describe con mucho sarcasmo la vida del pintor y se siente como un dueño más del hogar y critica a tanta visita de intelectuales, artistas y políticos: “había comunistas, un montón de comunistas que venían a la casa de Picasso a comer de gorra y a hablar del Partido Comunista”. Es evidente que Lump no comulga con esa ideología, y tiene razones de hermandad que debiéramos atender: “¿qué hizo el Partido Comunista por nosotros, los perros? Vale, lo de Laika y todo eso, pero ¿dónde está ahora Laika? ¿Comiéndose un hueso en el cosmódromo de Baikonur?”.

En “Trofeos de amantes que han partido”, otra vez el título es un anzuelo. Dos aspirantes a escritores no se saben unidos por la obsesión que les provoca un escritor consagrado y de éxito: uno de ellos lo admira, el otro lo aborrece. Patricio Pron habla aquí con conocimiento de causa sobre el mundillo editorial, los talleres literarios, las envidias y las palmadas condescendientes en la espalda. El mayor inconveniente de ser escritor, nos dice el narrador, es “tener que escribir alguna cosa cada cierto tiempo” para concitar su existencia social. Y se da otra coincidencia, ambos aspirantes a escritores estudian Filología, “que es lo que supuestamente estudian los que van a ser escritores, y también los futuros críticos airados”.

El tópico de la creación literaria, de cómo funciona la mente del escritor y cómo se confunde la realidad con la ficción, es vuelto a presentar en “Diez mil nombres”. Aquí es el propio Pron que narra lo que le ocurrió al publicar la novela “El comienzo de la primavera”, en 2009, ambientada en Heidelberg, Alemania. Para su redacción, el autor vivió un tiempo en esa ciudad, a fin de que el contexto y el trasfondo resultaran creíbles. En la historia, el personaje es un científico llamado Hollenbach que trabaja en la universidad local. Años después, en una visita de Pron a Heidelberg, una profesora le tenía una sorpresa: un gran fajo de cartas dirigidas Hollenbach, el académico ficticio de su novela. Al parecer, su trabajo de ambientación había sido tan realista que decenas de lectores confundieron la ficción con la realidad: “yo también creía a veces que los libros y sus habitantes pertenecen menos a sus autores que a aquellos que les dan vida con la lectura”.

El mejor libro de Pron hasta ahora.

La dictadura de la imagen

“La civilización del espectáculo”, de Mario Varga Llosa, es una memorable radiografía de los tiempos que vivimos en que prima la frivolidad política, la pose de artista y la banalidad literaria.

Nos encontramos en un mundo en que el primer afán de los seres humanos es el entretenimiento, y donde escapar del aburrimiento es la pasión universal. Y cuando “pasarlo bien” se convierte en el valor supremo, caemos en la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y “la proliferación del periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo”. Esto sucede así, y aumenta de manera exponencial en Occidente, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial cuando luego de un periodo de escasez le siguió una etapa de extraordinario desarrollo económico: las clases medias prosperaron, se intensificó la movilidad social y un cambio en los parámetros morales, incluyendo la vida sexual.

Es simple: mientras más bien nos va, mayor es la desintegración moral y cultural. Así versa el argumento de “La civilización del espectáculo” (Editorial Alfaguara), un notable y atingente ensayo del premio Nobel Mario Varga Llosa. Es la dictadura de la imagen, que abarca también al ámbito político: ahora ya no importa que el candidato a senador o presidente manifieste con claridad sus ideas y su propuesta de gobierno, sino la sonrisa perfecta, la empatía, el gesto, el arrastre por ser “dije” ante las electoras. Ni siquiera Francia, nos recuerda el autor, que era el bastión de la vieja tradición política como un quehacer intelectual, se ha salvado de la farándula con la llegada de la cantante y modelo Carla Bruni como primera dama.

En la civilización del espectáculo no hay cabida para el pensamiento profundo, sino para la moda, la rápida ostentación de un par de tópicos recién adquiridos en el mercado: “La literatura light, como el cine light y el arte light, da la impresión cómoda al lector y al espectador de ser culto, revolucionario, moderno, y de estar a la vanguardia, con un mínimo esfuerzo intelectual”. Las artes plásticas, a su vez, han degenerado a tal punto que nos obligan a creer que es el crítico – el que interpreta la obra –el auténtico artista, porque es capaz de argumentar significados estrambóticos que sólo ocultan, la mayoría de las veces, un simple mamarracho.

Pero los mamarrachos se venden, los ejecutivos jóvenes se precian de colgar en sus oficinas esas “buenas manchas” que un marchante avispado les ha vendido en varios millones. El camino hacia el éxito en el arte no es la habilidad manual, la observación aguda de la realidad y el entorno, sino la capacidad de llamar la atención. Sobran ejemplos recientes en Chile.

Y aquí viene una afirmación de Vargas Llosa que también nos compete directamente: la civilización del espectáculo “en ningún campo ha sido tan catastrófica para cultura como en la educación”. Hay antecedentes en la revolución de Mayo del 68 cuando, en aras de una libertad que se convertiría en libertinaje en indisciplina, se abogó para que los malos estudiantes no repitieran de curso, por considerarse un acto aberrante, y “por establecer un orden de prelación en el rendimiento académico de los estudiantes”. Con semejantes distingos, decían, se propagaría la noción de la jerarquía y el orden. Para ellos, toda autoridad es sospechosa, perniciosa y deleznable, “y el ideal libertario más noble es desconocerla, negarla y destruirla”. Suena local y repetido.

Los teóricos modernos y postmodernos se han sumado a ese delirio de establecer encantadoras ideas para seducir a los revolucionarios, pero ridículas si se analizan con dos dedos de frente. Roland Barthes, por ejemplo, que llega a la jocosa conclusión de que “todo lenguaje es fascista”, y desde ahí destroza a la literatura por considerarla un instrumento del poder. Y Vargas Llosa que le replica: “las grandes obras literarias enriquecen la vida, mejoran a los hombres y son el sustento de la civilización”. De otro de esos iluminados, Vargas Llosa expresa un juicio categórico: “Cada vez que me he enfrentado a la prosa oscurantista y a los asfixiantes análisis literarios o filosóficos de Jacques Derrida he tenido la sensación de perder miserablemente el tiempo”.

“La civilización de espectáculo” reúne textos nuevos y otros ya aparecidos en periódicos del mundo, y de su lectura se desprende un pesimismo difícil de superar: la imagen y el show están venciendo la batalla contra el intelecto.

El escritor es ególatra, haragán y asesino

En esta trilogía de Jaime Bayly hay muertos por docenas producto del rencor, la venganza y el desquiciamiento de su personaje. Es también una crítica negra en contra de la sociedad, de la prensa y de los policías.

A Javier Garcés le ha ido bien, no se puede quejar: unas pocas novelas lo ha hecho famoso y rico en millones de dólares. Pero poco antes de cumplir los cincuenta años de edad visita al médico, mala idea, y las noticias no son alentadoras: le han descubierto un tumor en el cerebro, muy avanzado como para intentar cirugía. Le pronostican cuando mucho seis meses de vida. Entonces, Garcés recuerda a sus adversarios y enemigos que ha ido cosechando, a gente que le ha causado daño moral o que le ha robado dinero. Y no cree justo que él deba morir antes, y se decide a rectificar lo que, dice, Dios ha descuidado.

Esa es la premisa de la trilogía “Morirás Mañana” (Editorial Alfaguara), del autor peruano Jaime Bayly, y que ahora concluye con el volumen “Escupirás en mi tumba”. En la primera parte, “El escritor sale a matar”, Garcés elabora una lista de cinco sujetos que se propone eliminar con una pistola con silenciador que ha heredado de su padre. El conjunto de candidatos a los balazos es disímil: un crítico literario que lo ha tratado mal, un escritor decadente que le quitó un premio literario y un director de periódico que le cortó su columna semanal. Enseguida, un pez gordo, alguien que objetivamente le ha robado, y a gran escala: su antiguo editor de las novelas, Echeverría, que se ha vuelto multimillonario al imprimir decenas o cientos de tiradas sin autorización y sin pagarle sus derechos de autor. Debe morir.

La quinta víctima es más compleja: Alma Rossi, su amiga, su amante por muchos años, hasta que lo traiciona y se pasa al bando de Echeverría. Debe morir.

El lenguaje del narrador es soez, cargado de odio y diatribas contra todo lo que oye o ve. O de lo que lee en la prensa de su país: “los mejores periodistas del mundo eran sin duda mis queridos compatriotas, los reyes de la fabulación, de la inventiva sin fundamento, del delirio tremebundo, de la vulgaridad cómica y de la imaginación más portentosa y afiebrada”.

Como no es un registro de novela policial, a Garcés se le dan fáciles los crímenes. Sus tiros son infalibles y no deja huella. Pero cuando tiene encañonada a su ex amante, no se atreve. Es Alma el nudo conductor de la saga cuando escapa a Chile con un maletín con dinero que le ha sustraído a Javier. Y como aquí estamos hablando de la tercera entrega, no es spoiler explicar que Garcés no se muere por el tumor, y que – ya cebado por los crímenes – continúa ampliando la lista de candidatos al cajón.

En la segunda parte, “El misterio de Alma Rossi”, el narrador se traslada a Chile, y varias son sus víctimas. Luego, temiendo que la policía lo sindique como sospechoso, emigra a Buenos Aires. Allí, su listado se extiende de manera enfermiza: no sólo desea matar al conductor de televisión que le tendió una celada en vivo, o al estafador que le birló una gran suma de dinero, también al vecino del piso superior que tiene la mala costumbre de tirar la cadena en la madrugada.

El narrador además lanza gruesas diatribas en contra de los países en donde ejecuta sus crímenes. De Argentina, la peor tratada, por ejemplo, dice que la constante convulsión política y los problemas económicos se deben a “la alergia al trabajo, la natural proclividad al descanso, el reposo, la ingestión de pizzas y empanadas”.

Paulatinamente, Javier Garcés se vuelve más desquiciado, ahora mata por placer ante la más mínima excusa u ofensa: “una vez que eres adicto al vicio de escribir, como al de matar, no hay cura posible, a no ser que mueras”. Tampoco es tan prolijo en sus ejecuciones y va dejando huellas a la policía porque de todas maneras se sabe perdido, acorralado. Y porque no olvida que atrás, en Chile, ha dejado un cabo suelto: Alma Rossi con una bala en el pecho, pero aún viva. Y de seguro dispuesta a buscar venganza.

Jaime Bayly maneja con singular maestría el tono de la sátira en esta trilogía que se lee en pocos días, lo garantizo porque así me ocurrió. El mundillo de la literatura queda en entredicho por esa relación escribir-matar que desarrolla el autor, y porque todo escritor es “por definición, un haragán y un ególatra, un rendido admirador de sí mismo y alguien que goza más leyéndose que leyendo a otros”. Imperdible.

 

Habíamos perdido la inocencia

“Culpa” es un conjunto de relatos electrizantes surgidos de la experiencia verídica de un abogado alemán. Destaca la crudeza del lenguaje y la carencia total de adjetivaciones y juicios.

Ordenemos el entuerto. El narrador es un abogado, y cada uno de los relatos son versiones sucintas de casos que debió enfrentar. El narrador es el autor del libro, el alemán Ferdinand Von Schirach, un auténtico abogado de 49 años que con su anterior libro, “Crímenes”, causó revuelo en su país por sus historias descarnadas y reales. En las primeras páginas confiesa que solía llevar una libreta roja con anotaciones acerca de su profesión, a la que llamaba “Manual del abogado defensor”. Una de ellas dice: “la defensa es una lucha, una lucha por los derechos de los inculpados”. Eso le trae a la memoria que no siempre ha defendido a inocentes.

Desprovistos de cualquier embellecimiento retórico, los relatos de “Culpa” provocan tanto adicción como angustia en el lector. Y más si son retorcidos y a veces abominables delitos recientes en Alemania, y a los que Von Schirach llega de rebote, por su condición de defensor. Por eso, en algún momento de la historia, siempre imprevisible y difícil de dilucidar en favor de quién, aparece la voz del narrador: “Yo defendí al conductor del Mercedes, condenado a un año y seis meses de libertad condicional por homicidio involuntario”.

A veces, sin embargo, en “Culpa” se infiltra un universo del absurdo, casi como una comedia cinematográfica. Es el caso de Frank y Atris, dos aprendices de traficantes de droga desde Rusia. Atris es un grandulón no muy brillante, a quien su socio le encarga que le cuide su Maserati, su perro dogo y la llave de un casillero en que ambos guardan el botín. Todo le sale mal a Atris: el perro se come la llave. Va con el animal a una clínica veterinaria, pide que le den varios poderosos laxantes. El perro se defeca en el lujoso auto de vuelta a casa, ni el techo se salva de los excrementos.

Paralelamente, Frank es emboscado por la policía y golpeado hasta casi matarlo. Y aquí es donde entra Von Schirach en primera persona: “Yo asumí su defensa. Frank no diría nada. Al ministerio fiscal le costaría demostrar el tráfico de drogas”. En breves momentos, el autor aplica cuñas ilustrativas de su profesión: explica en qué consiste un homicidio, cómo funciona el sistema penal alemán o cuál es el límite del asesinato en defensa propia.

A veces, con ruda honestidad, Von Schirach se lamenta de su amargo oficio de defender a criminales y triunfar ante la corte. El caso más dramático es el de la violación de una joven por una banda de músicos, quienes además la vejaron y la golpearon para luego tirarla tras el escenario. Von Schirach y varios colegas asumen la defensa de los inculpados, que fueron liberados de los cargos: “Sabíamos que habíamos perdido la inocencia y que ello carecía de importancia. Seguimos callados en el tren, con nuestros trajes nuevos, junto a los maletines que apenas habíamos abierto, y mientras volvíamos a casa pensando en la chica y en los hombres decentes, sin mirarnos”.

“Fiestas”, “ADN”, “Nieve”, los títulos de los relatos de Von Schirach – ¿será acaso posible llamarlos “cuentos”? – parecen simples rótulos, equiparados a su lenguaje parco de informe judicial. En “Niños”, por ejemplo, acudimos a la pesadilla del señor Holbrecht felizmente casado con una maestra de escuela primaria. Un día, una de las alumnas de su esposa lo acusa de abuso sexual, él lo niega. Va a juicio, pierde. Antes de iniciar su condena de tres años recibe los papeles de divorcio. Por más que los abogados le piden que confiese para buscar una rebaja en su condena, Holbrecht insiste en su inocencia.

Varios años después de su libertad, Holbrecht reconoce en la calle a la niña que lo acusó. Ahora es una elegante señorita de la mano con su novio. Holbrecht los sigue hasta una sala de cine, se ubica tras ellos. Tiene un cuchillo, puede ver con detalle el cuello de la joven, ahí, tan a la mano: “Holbrecht creía que tenía todo el derecho a hacerlo”.

En la siguiente escena encontramos a Holbrecht en el bufete de Ferdinand Von Schirach, todavía con el cuchillo en la mano: “mi clientela no es de paso, pero el despacho está cerca del cine, tal vez fuera ése el motivo”. Recién entonces comienza el caso.

“Culpa” es un libro terrible y genial a la vez. Como es literatura que no pretende serlo, como no hay adornos, su económica verba causa estragos en el lector. Candidato al mejor libro del año.

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