Titolandia

Sólo en las películas ganan los buenos

“Cuando la muerte venía del cielo”, de Esteban Martín, se centra en el periplo de un actor norteamericano atrapado en Barcelona en los años de la Guerra Civil española. El joven Michael Ford, el protagonista, descubre que la imagen idealizada de la resistencia republicana, impulsada por intelectuales de todo el mundo, no se condice con lo que se ve en las calles.

Impulsado por el hambre, el pequeño Jonathan Lavery quiso robar una manzana en un puesto de la calle, pero el tendero lo agarró de un ala y lo zamarreó. De pronto un hombre elegante se ofreció a pagar la fruta y se llevó al chico a un restaurante fino para que comiese todo lo que pudiese, y fue harto, el resultado de muchas semanas sin probar alimento. El adulto se presentó como Carl Denham, productor y director de cine. Tal como la escena de “King Kong” en que el personaje encuentra a una chica vagando sin esperanzas y le ofrece convertirla en estrella de cine, Denham le ofrece lo mismo al muchacho y enseguida le cambia el nombre por uno más efectista y atractivo: Michael Ford.

Denham cumple la promesa, y a los once años Michael debuta en el cine en una película pensada para consagrarlo. Y le siguen muchas, mientras el país cae en una profunda crisis económica que multiplica la pobreza y la desconsuelo.

“Cuando la muerte venía del cielo” (Ediciones B) es una novela de folletín con ciertos toques vintage, incluso desde la portada, que aluden a la estética de las películas de aventuras de los años 20 y 30. Además, su autor, Esteban Martín, ha nombrado cada uno de los episodios cortos con títulos del celuloide: “Romeo y Julieta”, “Candilejas”, “Caballero sin espada”, etc.

Mientras en América el cine se recuperaba como industria y seducía a millones de espectadores angurrientos, en Europa el avance del fascismo ya cobraba víctimas: desde el alzamiento de Franco, España había caído al abismo de la Guerra Civil en 1936. Michael Ford, en el pináculo de la fama, se une a un grupo de actores que desean manifestar solidaridad y ayuda a la República, que se caía a pedazos. El joven artista debería viajar a Barcelona al estreno de su nueva película, lo que sería golpe propagandístico a favor del gobierno: se entendería que Hollywood se sumaba a su causa, en contra de los falangistas alzados.

Ford llevaría también un valioso diamante para donar a las arcas de la República. Los fascistas encubiertos intentarían robárselo, o matarlo si fuese necesario. En Barcelona se topará con un sinnúmero de intelectuales proclives a la causa, como Ernest Heminway o Pablo Casals. El encuentro con un escritor inglés, que firma con el seudónimo de George Orwell, será muy esclarecedor para entender el conflicto en el que se ha metido. El autor de “1984” le explica al americano que los españoles sirven para muchas cosas, pero no para ganar guerras: “todos los extranjeros nos quedábamos atónitos ante su informalidad, pero sobre todo ante su enloquecida falta de puntualidad. La única palabra española que un extranjero no puede dejar de aprender es MAÑANA”.

Luego George Orwell, que había estado en el frente de batalla, le ilustra acerca de las reales condiciones de lucha: “era horroroso ver que los defensores de la República fuera aquella turba de criaturas desarrapadas y armadas de viejísimos fusiles que no sabían usar. Eran una pandilla de chicos sin la menor preparación, muchos de ellos menores de quince años”.

Michael va comprendiendo que la causa republicana se diluye entre las peleas a muerte de los grupos que se disputan el poder y que desembocará en la derrota. Berta, una chica que conoce y de la que se enamora, le aclara que ella no es comunista, que es marxista, y que “el partido Comunista es un retroceso en el proceso revolucionario”. Después, cuando el joven americano se entera de los crímenes que va dejando esta revolución – los ejecutados, el robo y el pillaje para financiar la causa, aunque a veces sólo para caer en bolsillos privados – ya se le desdibuja un poco esta idealización de la honorable resistencia republicana ante el avance del fascismo.

A su vez, con asesinos fanáticos tras sus pasos, en una ciudad cuyos habitantes insistían en armar la revolución proletaria antes de ganar la guerra, Ford no puede evitar involucrarse. O meterse en líos. Sin habérselo propuesto, la estrella de Hollywood empezará a protagonizar la película de su vida y en un momento deberá tomar la más difícil de las decisiones: elegir entre el amor o la revolución. Llegados a esa disyuntiva, la mayoría de los hombres equivoca el rumbo.

Una noche de baile con Ava Gardner, y más

En “Últimos resplandores de una tarde precaria” se reúne una contundente muestra de la habilidad narrativa de su autor, Germán Marín. Sus relatos cobran caracteres de apuntes en terreno, y su prosa se enciende entre la protesta política y el erotismo, también político.

Es una fotografía del cerro Santa Lucía, a principios del siglo XX, cuando ya se le ha recuperado como paseo público sumándole una serie de torreones de arquitectura ecléctica. Se ve también la Alameda Bernardo O’Higgins, adoquinada y bucólica con apenas un par de vehículos disputándose el tránsito. En el bandejón central unos árboles incipientes no alcanzan a darles sombra a los pocos paseantes. Aquí es cuando entra Germán Marín y señala: “es el Santiago sin pompas edilicias, sin bóvedas arquitectónicas que, apesadumbrado en su mediocridad, lo hace merecedor de ser tanto hoy como ayer la aldea más grande del mundo”.

En otra imagen, esta vez no tan antigua pues data de 1971, Germán Marín describe la curiosa escena de la Plaza de Armas en que se ve a un predicador saltando y cantando loas al Señor frente a un público cautivo sentado en los escaños. En primer plano, un “cuchepo”, un hombre cortado por la mitad que solía desplazarse en un carrito con ruedas para pedir limosna en un tarro. El autor creía que esos personajes había desaparecido luego de tantos años, por eso se sorprendió cuando un día encontró al predicador sentado en un banco de la misma plaza, “pero ya no era el mismo, cansado como se observaba, ceniciento de semblante, si bien ahora menos flaco, aunque suelto de carnes”.

El extraordinario ejercicio literario de apostillar viejas fotografías o recortes de prensa, es uno de los retazos que componen “Últimos resplandores de una tarde precaria” (editorial Alfaguara), del renombrado escritor Germán Marín. Se trata de una selección de relatos y textos ya aparecidos en otros libros, además de un pequeño conjunto de cuentos inéditos que el autor recuperó de sus gavetas para incluirlos aquí.

De la mayoría de sus cuentos el lector – el conocedor de Marín – sospecha ciertos tintes autobiográficos, como “La noche en que bailé con Ava Gardner”. Su protagonista tiene ese impensado privilegio por fruto del azar en Buenos Aires, 1955, el año en que cayó Perón bajo un golpe militar. En una fastuosa cena es ella, la actriz americana, quien – como si fuese una lotería – lo señala con el dedo y lo invita a bailar tango. El chileno sabe que vive un momento de gloria suprema, inmerecida, y que, por el contrario, lo que sigue luego de escuchar los últimos acordes será deprimente: “aquello que viviría a partir de esa oportunidad sería la rutina de una existencia gris, mediocre, feble, pues, luego de esa noche, qué significado guardaba lo que vendría después”. A lo más, reflexiona, será un aburrido profesor de provincia cansado de repetir sus lecciones.

Los cuentos de Germán Marín se leen también como apuntes de la historia reciente del país, el narrador observa, reflexiona y anota, a veces acusa. En “No soy nada, yo no tengo vanidad”, por ejemplo, se rememora la desazón que provocó el golpe de Estado y el régimen militar: “todavía me resultaba difícil aceptar que el país no era el mismo, extraviado ahora en la condena, cuya frente no se limpiaría por años, perdido el recuerdo en el polvo que levantaban las botas de campaña bajo la Marcha Radetzky”.

Repite la mirada pesimista de una capital bajo el régimen militar: anota la brecha enorme entre los vencedores, ahora dueños de los salones señoriales, y los vencidos expulsados a la calle o escondidos. En “Noticias del mes de junio de 1976” – un texto reducido a un solo párrafo – Marín otra vez se sitúa en la Alameda Bernardo O’Higgins en donde “los cesantes, las vendedoras, los locos, las cantantes, los mendigos, las inválidas, los niños, las prostitutas, los ciegos, que conforman los expulsados del paraíso, llegan hasta el lugar a afear la ciudad con su presencia”.

Sin embargo, entre tantos tópicos políticos y sociales, se infiltra un Marín juguetón, erótico, burlón: “Nunca aprenderé que tu pequeña alma, cobijo de tonterías, está defendida por la humedad de esa piel dulce donde resbalo casi a diario”. Y otro relato en el que se amalgaman ambos tópicos como si fuesen uno, la única preocupación del autor: “yo contra ti con fragor de caballería, tú contra mí en labor de contraataque, es el mejor de los modos de hacer patria, linda, abiertas tus piernas de infantería, en consecuencia vamos pasando a terreno, te digo”.

“Últimos resplandores de una tarde precaria” es un imperdible compilado fragmentario y personal de Germán Marín.

Cuentos y novelas para un agitado 2011

En un año en que pocos estaban preocupados de la literatura, de todos modos cada domingo en esta página reseñamos una apreciable cantidad de 51 novedades literarias. Ahora presentamos los seis mejores libros que desfilaron por aquí, elegidos por el muy científico método del gusto personal por la lectura. Si se perdió alguno, aún es tiempo de enmendar la carencia, para eso también sirven los meses de verano.

1. RUMBLE, RUMBLE

Maitena Burundarena

En las revistas de historietas la onomatopeya rumble es el sonido de la tierra vibrando bajo los pies, cuando cae la roca por el acantilado o cuando explota un volcán. Pero la protagonista de esta novela extiende la definición y padece de rumble por muchas razones más: desde las uñas rasgando el pizarrón hasta cortar un corcho con un cuchillo “o desatar el nudo apretado de los cordones de las zapatillas”. Todo es rumble, rumble.

“Rumble” (Editorial Lumen) es la primera obra narrativa de la conocida dibujante de cómics argentina Maitena Burundarena, autora de una docena de libros hilarantes en que observa la vida desde un punto de vista femenino decadente y frustrado. Ahora, retiene su sarcasmo para concentrarse en la chica del rumble y su familia numerosa, cinco hermanos, y la infinidad de problemas inherentes: una madre alcohólica y adicta al valium y un padre que utiliza el truco del trabajo para desentenderse de lo que ocurre en casa. La niña cree que sus padres “apoyan todos los proyectos que tengamos para crecer e independizarnos porque, de alguna manera, todo el tiempo están esperando que te vayas, que crezcas y te vayas”.

 

2. FULGOR

Jaime Collyer

El escritor chileno despliega su talento narrativo para abordar el tema inagotable del escaso límite que nos separa de la pérdida total del sentido de la realidad, y cómo los seres humanos tendemos a precipitarnos al vacío cuando las circunstancias nos agobian. Fonseca, el protagonista, debe entregar un informe meteorológico diario, pero también observa las estrellas y cree descubrir una explosión gigantesca en el espacio, fenómeno que de seguro debería llevar su nombre. Y nadie le da crédito a su avistamiento.

Un pequeño y aterido cachorro se arrima al refugio de Fonseca y le entrega un poquito de alegría, él lo bautiza con un nombre relacionado con la ciencia astronómica: Alfa, tal como Alfa Centauro, región del firmamento en que Fonseca asegura haber visto esa explosión. Afuera hay otro acompañante, lo llaman el Yeti y es un mito entre los turistas que concurren al centro de esquí en invierno: “un pobre tipo gastado por la intemperie, extraviado sin saber cómo en estos parajes”. Ahora el Yeti sobrevive de lo que puede hurtar en los tarros de basura y pernocta en la arboleda, no muy lejos de las instalaciones que ocupa Fonseca.

 

3. EL MUNDO SIN LAS PERSONAS QUE LO AFEAN Y LO ARRUINAN

Patricio Pron

El autor es periodista argentino con estudios de Filología en Göttingen, Alemania. Ello explica que la mayoría de los personajes de su libro deambulen en ciudades y pueblos alemanes entre las dos guerras mundiales. Y que sean sujetos tristes, sumidos en el pesimismo y la desesperanza: “si lo piensas bien, no hay mejor cosa que irse de este mundo habiendo olvidado todo; sólo me gustaría que los otros se olvidaran también de mí, de mi cara y de lo que he hecho”, le confiesa un padre al hijo que volvió a buscarlo en, justamente, “Una de las últimas cosas que me dijo mi padre”.

En “Las ideas”, el cuento inicial, asistimos a la extraña desaparición de niños en el pueblito de Magdeburgo. Primero es el pequeño Peter, y luego va sumando a otros, los que se internan en el bosque cercano sin que ni el ejército pueda dar con sus paraderos. No parecen necesitar comida, ni sufrir las bajas temperaturas de la noche, y se suman cada vez más chicos. Los habitantes se van adecuando y convierten las desapariciones “en otra de las tantas incomodidades sobre las que nada podíamos decir y que eran parte sustancial e incomprensible de la vida en la República Democrática de Alemania”. Los cuentos de Patricio Pron se nutren de los maestros de su tierra natal: algo de la imaginería de Cortázar, algo de la concisión de Borges.

 

4. CUERNOS

Joe Hill

Merrin e Ignatius se aman, han estado juntos desde que ella tenía 16 años, incluso han planificado casorio y ya les han puesto nombres a los hijos que tendrán. Pero una noche de lluvia Merrin es asesinada con violencia y crueldad. Ig – así le dicen – es el principal sospechoso porque antes los vieron peleando en el bar El Abismo, aunque la policía no puede probar su autoría y queda libre. Un año después, luego de una juerga y en medio de la resaca de la mañana, Ig se mira al espejo y se percata de que le han salido cuernos. Tal cual, cuernos como la figura del diablo.

Lo curioso es que a nadie parece interesarle que un hombre de pronto tenga dos protuberancias en la cabeza, como si fuesen sólo dos espinillas. Enseguida Ig se percata de una extraña propiedad que parece surgir de la cornamenta: todos a su alrededor se sinceran con él, hablan demasiado, les sale el demonio que llevan dentro. El médico del hospital donde va a atenderse le cuenta que odia su profesión, que bebe en exceso y que se masturba mirando a compañeras de curso de su hija adolescente. Ig deberá intentar usar su poder para desenmascarar al asesino de su novia.

 

5. EL GRIS

Javier Pérez

Múnich, primeros años de la década del 20. Los alemanes han perdido la Gran Guerra, el país se encuentra quebrado y sin esperanza, la inflación es tan grande que los precios cambian por horas y minutos. El caos es total, porque además grupos extremistas se disputan las calles con palos y balas: los comunistas, que se creen victoriosos luego de la revolución rusa, y los nazis, cuya ideología prende rápido con su discurso nacionalista y antisemita. En medio de esa debacle, la policía debe ocuparse de un asesino en serie que mata a sus víctimas con un certero punzón en el cuello.

El asesino es Lothar Strahler, eso lo sabe el lector desde las páginas iniciales. Se trata de un hombre de buena posición económica por la herencia familiar, aunque insiste en mantener su miserable empleo de funcionario público, pese a que además cuenta con un título de abogado. Lothar es un espartano, un hombre culto y metódico que desde hace años sufre un mal inconcebible: no puede dormir. Y no es el desvelo de una noche, sino una situación permanente para él, lo que le da un aspecto desaliñado, enfermizo: “en la larga experiencia del insomnio, cada parte del cuerpo había aprendido a dormir por su cuenta mientras el cerebro velaba como un impasible centinela”. Para Lothar, “el sueño es el privilegio de los puros, los ingenuos y los muertos”.

 

6. NORTE

Edmundo Paz Soldán

La novela deambula en esa tierra de las almas perdidas que buscan el paraíso y se encuentran con el infierno todos los días, saturado de criminalidad y doliente de desarraigo: la frontera sur de Estados Unidos. El autor nos remite a la frase del dictador mexicano Porfirio Díaz: “¡Pobre México! Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.

Luego de ver un episodio antiguo de la serie “Seinfeld”, el sargento Fernández pasó al canal de noticias en donde se informaba de la detención de un mexicano indocumentado que había sido devuelto a la frontera. La conductora manifiesta su molestia por lo que llama “laxas leyes de inmigración”, puesto que pronto “no sólo el país estará invadido por todos los mexicanos, sino que se contagiaría de la violencia desalmada que flotaba por allá. It`s time to build a wall so they can`t come here so easily”.

Pese a la segregación y al racismo, Estados Unidos sigue siendo la patria de las oportunidades. Literalmente, el norte. Ello crea una situación de frontera convulsa en que impera el abuso, el crimen y la corrupción. Por un lado “la migra”, la policía que persigue a los ilegales, o “espaldas mojadas”. Y por otro, los “coyotes”, sujetos desalmados que prometen cruzar a los más humildes, quienes con casi total seguridad terminan siendo estafados, robados, violados y – muchas veces – asesinados en el desierto.

Melancolía de un librero aspirante a escritor

“Severina” es una novela breve que destila amor por los libros y la literatura. Un hombre se obsesiona con una mujer que le ha robado varias veces en su tienda, aun cuando sabe que esas historias de amor suelen terminar mal, sólo hay que esperar.

No es lo mismo robar un libro en una librería que en una biblioteca, y peor si ésta perteneció al más grande de los bibliotecarios de la literatura universal: Jorge Luis Borges. Eso lo sabía muy bien Ana Severina, cuya vida entera no tenía otra misión que robar libros con la eficacia de un ladrón de escala mayor, y con mayor razón si se trataba de ejemplares raros, únicos, desaparecidos. Su oficio era tan efectivo que cada día podía juntar una cartera llena de piezas de colección, valiosas, de catálogo.

¿Cómo pudo Severina entrar a la biblioteca privada de Borges, un hermético museo de Buenos Aires? Se insinúa que quizás utilizó el truco la seducción de una mujer bella, como lo era, y que el guardia cedió. Y estuvo adentro, apreció las marcas por las orillas que iba dejando el maestro en cada página leída, los dobleces de las hojas, el olor profundo de una lectura genial que iba a configurar un nuevo modo de entender la literatura. Severina asegura que ahí se contuvo: “¿Vas a creérmelo?, no tomé absolutamente nada. ¡No me atreví!”.

“Severina” (Editorial Alfaguara) es algo así como la columna vertebral del resumen de una novela, de una novelota, en la que su autor, Rodrigo Rey Rosa, redondea la idea borgeana del libro y la lectura como cimientos del intelecto y la existencia. Nunca sabemos el nombre del narrador, sólo que es un librero que ha perdido un poco el rumbo: “mi vida había vuelto a reducirse a los libros, me había convertido en un ejemplar más de esa melancólica especie: el librero aspirante a escritor”.

Su librería tiene un nombre sarcástico para los tiempos que corren: La Entretenida. Es allí cuando un día aparece esa mujer hermosa y extraña, enigmática, que revisa palmo a palmo las estanterías y – al menor descuido – se mete un libro en la cartera. Y se va. Pero regresa, a lo mismo. El librero ya la tiene identificada. De entre los libros que le roba, el narrador consigna “Las palmeras salvajes”, de William Faulkner, en una edición traducida por Jorge Luis Borges. Otra vez Borges.

En La Entretenida las cosas, además, no andan muy bien: la gente ya no compra libros como antes, los lectores son una raza en extinción, la lectura es el placer de unos pocos seres que no son suficientes para mover el mercado.

Después de varios desencuentros y frustraciones, el librero se va acercando a Severina. Ya sabe su nombre, ya le ha dado un beso, aunque luego ella desaparece por varias semanas o huye de una alocución poética en La Entretenida. Pero él la sigue, la espera, teniendo presente ese dictamen rotundo de la literatura: “imposible ser sabio y al mismo tiempo amar”.

Severina, averigua el librero, vive en una pensión con un amante, un hombre muy mayor. Aunque después se aclara que en realidad es su padre, o su abuelo, no importa. El anciano sufre un paro cardíaco y cae en el hospital, por primera vez Severina se muestra frágil, acepta la ayuda del librero y se va a vivir con él mientras su padre, o su abuelo, permanece internado en coma irreversible.

Son días penosos, pero en secreto felices para el librero porque tiene a Severina ahí, en su lecho. Después son semanas, y meses. Ella conserva su hábito de saqueadora de las estanterías, y regresa cada tarde con varios libros en su cartera. Al librero ya no le importa, hasta le celebra la hazaña y comparte con Severina la pasión por la lectura. Temiendo lo que pudiera ocurrir en cualquier momento, él trata de ignorar esa otra sentencia de la literatura: “una mujer te puede dejar por falta de amor, o por exceso de amor, por esto o por aquello, por todo o por nada”.

El anciano se mantiene sin señales de mejoría en el hospital. Deciden traerlo a casa, para que disfrute su estado de coma en el cuarto de la servidumbre. El librero es capaz de ceder hasta lo indecible con tal de mantener a Severina a su lado, sabiendo que tarde o temprano su larga y misteriosa ausencia diaria será permanente: “reconocí que, sin darme cuenta, Severina para mí se había convertido en un puro objeto de placer. Como los libros”.

“Severina”, como toda buena novela, vale más por lo que insinúa que por lo que cuenta. El autor concentra hábilmente su relato en esas pocas almas que valoran los libros como el espejo de sus vidas.

 

La novela entendida como un museo

El presente volumen reúne una serie de conferencias en las que el autor, de reciente visita en Chile, se explaya sobre la vigencia del más grande género de la literatura y de la eterna confusión de realidad y ficción que los escritores fomentan y que los lectores anhelan.

Aquí están los hechos duros: en 2010 el premio Nobel Orhan Pamuk escribió una soberbia novela llamada “El museo de la inocencia”. Trataba de la vida y enamoramientos de Kemal Bey, un joven turco de una clase burguesa en ascenso que mira con envidia la sociedad occidental. Se enamora de su modesta prima Füsum mientras culmina sus planes para casarse con la refinada Sibel. De fondo, Estambul es dibujada como una ciudad próspera en lo material y que intenta asemejarse a Paris.

“El museo de la inocencia” – reseñada en esta página – fue recibida con beneplácito universal y su autor otra vez entró en el escalafón de los grandes novelistas contemporáneos. Desde entonces, se ha acostumbrado a recibir innumerables comentarios de sus lectores: “señor Pamuk, ¿es usted Kemal? ¿De verdad le sucedió todo esto?”.

Entonces, en “El novelista ingenuo y el sentimental” (Editorial Mondadori) es el mismo Orham Pamuk quien reflexiona sobre la confusión entre la realidad y la ficción que surge en los lectores de literatura. El Nobel, ante la insistencia de la pregunta, sostiene que: “no, no soy mi héroe Kemal. Pero me resultaría imposible convencer a los lectores de mi novela de que no soy Kemal”. El intento de diferenciar qué partes de  una novela son reales y qué partes son imaginarias, es uno de los grandes placeres de la literatura. Más que nada porque la incertidumbre alimenta la imaginación del lector, quien busca sus explicaciones en la historia. O el reflejo de sí mismo, puesto que toda buena novela engaña al lector, y le permite creer que se está hablando de él: “empezamos a sentir que la novela fue escrita sólo para nosotros, y que sólo nosotros podemos entenderla de verdad”.

Por lo demás, como señala Pamuk: “escritores y lectores han intentado, sin éxito, alcanzar algún tipo de acuerdo sobre la naturaleza de la ficcionalidad de la novela”. Esa falta de acuerdo es la fuerza motriz de la novela.

La elaboración de “El museo de la inocencia” le tomó diez años a su autor, y comenzó justamente como un proyecto de museo, recolectaba en las tiendas de antigüedades un sinnúmero de objetos que necesitaba para ser protagonistas de su relato: “encontré un vestido de tela muy brillante con rosas naranjas y hojas verdes, y decidí que sería el adecuado para Füsum, la heroína de mi novela”. Una novela puede ser también un museo que preserve los recuerdos y las historias. O dicho de otro modo: la novela puede ser el catálogo del museo, “un catálogo que contara detalladamente la historia de cada una de las piezas que contenía”.

El último género en sumarse a la literatura, la novela, es hoy el más vasto. Incluso en épocas oscuras de los pueblos, con regímenes autoritarios y despóticos, por la capacidad de disfrazar a la realidad, denunciarla con los trucos de la ficción.

En otra ocasión una lectora acosó al autor de una manera inquietante: “señor Pamuk, he leído todos sus libros. Lo conozco tan bien que se sorprendería”. Hasta parecía un comentario amenazante que por varias semanas abochornó al autor, incapaz de entender sus dimensiones. Ocurre que, aunque no lo desee, y de manera inconsciente, el escritor se dedica a confesar detalles íntimos de su alma y los expone – en este caso – a millones de personas que se acercan a sus libros. Lo que había permitido que esa mujer tan perspicaz afirmase ser tan cercana al alma de Pamuk habían sido las experiencias sensoriales del autor “que yo había trasladado de forma inconsciente a todos mis libros, a todos mis personajes”.

Para quienes leímos con avidez “El museo de la inocencia”, este libro funciona como una especie de documental de la misma: ahora el autor nos cuenta cómo se escribió y qué repercusiones ha tenido. La mayoría de ellas, por fortuna, gratificantes: “nos gusta leer novelas para confundir lo imaginario con lo real”.

Sigo produciendo ilustraciones decorativas, acá dejo unas muestras. Todas en papel fabriano, 34×48 cm, acrílico y acuarela. Precio, 35 lucas. Pinto en caricatura cualquier automóvil que desees. Espero tus encargos.




Política es una palabra paleolítica

“El pequeño comandante” es una novela breve, en tono de metáfora infantil, que aborda el periodo en que Chile fue gobernado por un personaje, un general, con nombre de libro de cuentos para niños. El protagonista conserva un cuaderno con apuntes de sus fantasías, trozos de historietas de revistas y retazos de cruda realidad.

Benito anota cada detalle en su cuaderno, como una crónica de sus aventuras y de lo que sucede en el pueblo nortino de Paitanás, a orillas del río Huasco. Su abuelo le dice que su cuaderno es una habitación de juegos, y Benito lo cree así. Además, en sus páginas agrega recortes de Condorito, su historieta favorita. Su imaginación se dispara: se cree un comandante pirata en eterna lucha contra los vampiros o los soldados de madera de Pinocho.

Algo preocupante rompe la tranquilidad de Paitanás, unos viejos se sientan por la tarde en los bancos de la plaza, frente a la iglesia, “y hablan de los amigos a quienes sacaron de sus casas y de quienes no se conoce su paradero”. Al parecer, es también la suerte de los padres de Benito, por eso vive con los abuelos.

La chaqueta del padre de Benito cuelga en el armario de la abuela, él a veces se la pone para rememorar su olor, su presencia: “a mí me gusta perderme dentro de ella”. Benito recibe cartas de su padre con regularidad, aunque el sobre no tiene timbres ni remitente ni estampillas. En algún momento ha comprendido que son “cartas bien escritas por el abuelo”.

“El pequeño comandante” (Editorial Mondadori) es un brevísimo y emotivo relato de Rodrigo Díaz Cortez, una historia en clave de cuento infantil que nos sitúa en un pasado cercano en que la gente tenía la mala costumbre de desaparecer. En tales circunstancias, la abuela se preocupa por el nieto, intenta mantenerlo al margen – que no escuche la radio Cooperativa como ella, que siempre termina llorando por las informaciones – y que mejor se dedique a divagar con su imaginación: “cuando le pregunto por el Dictador Imperialista Pinocho, a ella le entran ganas de ir al baño, es una cuestión automática, y me manda a abrir el cuaderno, a encerrarme a jugar con las mentiras que escribo”.

Benito cree que la política es una palabra que se parece a paleolítica. Sale a jugar al río y a leer revistas Condorito con Jim, aunque sabe que su amigo es del otro bando, un vampiro. Y que los vampiros están en guerra con los piratas, como Benito y sus abuelos. La madre de Jim lo detesta, le dice que es una mala junta para su hijo. El padre de Jim es mecánico de la Fuerza Aérea, por eso siempre está ausente. O tal vez no es mecánico, sino piloto de Hawker Hunter.

Por la televisión, la empresa de helados Bresler lanza una promoción que entusiasma a Benito: monedas de aluminio del Banco de Pelotillehue con los personajes de Condorito, pero el abuelo quiere apagarle la tele al nieto porque “nos convierte en niños sin historia”. Por eso, el televisor siempre permanece tapado con un mantel.

Rodrigo Díaz Cortez mantiene en todo momento ese lenguaje sencillo de la infancia, no se traiciona por buscar una retórica más compleja. Lo suyo es la metáfora, los juegos de niños son espejo de los juegos de adultos: “está claro que los soldados con metralletas tiene una ventaja enorme con respecto a las espadas de los piratas”.

Benito desea escribir una historia de piratas y un tesoro perdido en un bosque de higueras, pero no se atreve: “tienes que sentarte y empezar, carajo, me digo. Aunque no tengas la primera frase, tienes que escribir sin pensar”. El tiempo se le pierde en las incursiones alrededor del río con su amigo Jim, para lo que tienen escondida una cámara de neumático que usan como flotador. Paitanás a ratos parece un paraíso, siempre que no se sintonice la radio Cooperativa y lo ancle con la realidad.

Y Benito anota en su cuaderno lo que ve y lo que escucha, los hijos ausentes, las personas que no aparecen, el festival de las protestas callejeras: “lo hago sólo como una guía que me ayuda a descifrar la contienda entre los vampiros y los piratas vestidos de Condorito”. Su abuela le pide que no piense tanto, que mejor viva su infancia para que no sea tan pronto un “viejo chico”. Pero Benito no entiende y vuelve a preguntarle por el Dictador Imperialista Pinocho, y ella comienza a llorar. Le ordena que se vaya para su pieza a jugar con las mentiras que escribe en su cuaderno.

La KGB, Boca Juniors y los payasos socialistas

“El caso Yotivenko” es un notable volumen de relatos melancólicos, que de pronto se asemejan a los apuntes de una investigación periodística. Juan Sasturain, el autor, a ratos escribe como si fuese poesía en prosa.

Para Yuri Andrei Tchorkhivenko la vida no le resultó como lo hubiera deseado: lejos de su patria, en una ciudad, Buenos Aires, que le era totalmente ajena, salvo por el idioma que él dominaba bien. Yuri hablaba español con fluidez, ya sabremos por qué. Durante una visita de la selección soviética de fútbol, a principios de los años sesenta y como una estrategia para ganar bonos en la guerra fría, los jerarcas de la embajada roja discurren la idea genial de “donar” al club deportivo Boca Juniors al ágil veinteañero Tchorkhivenko, como una forma de hermanar las naciones: “algo que se usaba, visitas pautadas con la regularidad del Sputnik, como las giras periódicas del Circo de Moscú con payasos socialistas y osos que hacían de todo”.

Bautizado de inmediato por sus compañeros de equipo como Yaya Yotivenko, el desdichado deportista demostró en la cancha que no merecía estar ahí, justamente en la cancha. Lo pasaron al segundo equipo, y tampoco. Era malo, de frentón. Pero se esforzaba, como un buen tipo. Hasta que un día llegó con una irreparable lesión en la rodilla derecha, tan fea que cualquiera podría haber pensado que se trataba de una herida de bala…

El problema de Yuri Andrei Tchorkhivenko es que él no era él, sino otro. Se llamaba en realidad Santiago Vladimir Castillo, de padre español y madre rusa, había nacido en Moscú en 1940. Una serie de malas jugadas y trampas del destino lo llevarían a perder su identidad y convertirse en futbolista del tercer mundo, entre otras razones porque Santiago Vladimir solía compartir lecho con la esposa del jefe de la KGB en Buenos Aires. Y eso sale muy caro en cualquier ciudad.

El resumen anterior corresponde al relato “El caso Yotivenko”, del escritor argentino Juan Sasturain, y que da el nombre a este vigoroso volumen de cuentos en que el autor establece vínculos entre la realidad y la ficción, entre el periodismo de investigación y el cuento a secas, invulnerable a la cuota de los hechos.

¿Será cierto? Sasturain se mete en su propio cuento y relata no como un autor, sino como un testigo. A veces por azar: comienza por explicar que se encontró con Yuri Andrei Tchorkhivenko en la consulta del urólogo, ambos ya sobre los sesenta años, lo que siempre puede ser una mala noticia. Y lo fue para el soviético-español: murió de cáncer ocho meses después. Ese día en que lo vio, sugiere Sasturain, el Yaya parecía estar dispuesto a develar su identidad.

Son cuentos, pero cruzan la frontera, como el caso de Roberto Parmigiani, narrado como si fuese una crónica periodística en el relato “El tango de Antes”. Su padre había sido bandoneonista afamado – “al menos en su barrio” – y había querido que su hijo le siguiese los pasos, pero Roberto era negado para la música y su cuerpo más bien se asemejaba al estuche de un contrabajo. Pesaba 120 kilos. Probó suerte como levantador de pesas y le fue mal. En una olimpiada conoció a Sonia, una gimnasta con aspecto de jilguero, una chiquita peruana de ascendencia asiática. Y se enamoraron. No sabían cómo ganarse la vida, hasta que descubrieron un nicho de mercado sin explotar: el baile del tango. La pareja era inusual, ella muy menudita y él un mastodonte sin gracia. ¿Cómo bailaban? Simple, Roberto se mantenía estático, no se movía más allá de dos o tres baldosas del suelo porque su tamaño no daba para más. Y ella, Sonia se trepaba sin temor ni pudor por el cuerpo de su compañero “como si la uniera a él un vínculo elástico mucho más sutil que los brazos”.

Roberto y Sonia alcanzan el éxito porque nunca falta el teórico de las artes que ve en ellos, en la carencia de talento, “una metáfora evolutiva de la danza ciudadana, en la que, a la manera de las disciplinas clásicas, mientras el bailarín tendía cada vez más a la inmovilidad y al gesto funcional de soporte, la mujer echaba vuelo, picaba en él para dibujar el aire”.

Juan Sasturain es un escritor prodigioso y un maestro en el uso poético del idioma. Por eso sus relatos son cariñosos y sentidos, se entienden como si alguien nos los estuviese narrando al oído, como un secreto. El mejor volumen de cuentos del año.

Nazis en América, sólo faltó Indiana Jones

Una acuciosa investigación de los periodistas Jorge Camarasa y Carlos Basso deja al descubierto el entramado de influencias, el acomodo en la sociedad y el anonimato impune que disfrutaron los jerarcas del Tercer Reich en el continente. Y cómo, además, buscaron inventarse una mitología que los justificara.

Es pertinente que el lector se sacuda de algunos errores atávicos del relato histórico tradicional: no era como nos habían enseñado en el colegio. Por ejemplo, pocos se han enterado de que en el lejano año 877, seis siglos antes de la llegada de Cristóbal Colón a estos pagos, un grupo de vikingos habría alcanzado las costas de México. Luego descendieron por Los Andes hasta “fundar Tiawanacu en la actual Bolivia, y en el siglo XII, derrotados por tribus diaguitas, se habrían dispersado hacia el Este, refugiándose en lo que hoy es el límite brasileño-paraguayo de la cordillera de Amambay”. ¿Le suena mejor esta versión, esa explicación de la raza aria perdida?

Se trata de una de las tantas ilaciones disparatadas de los arqueólogos nazis que buscaban “descubrir” un vínculo ancestral entre Alemania y América, territorio en el que fueron tan bien recibidos por los regímenes militares y pro-nazis que tanto proliferaron. Antes y después del Tercer Reich los alemanes emigraron por distintas razones a este continente, primero como colonos en zonas inhóspitas, luego como espías, saboteadores y agregados militares, y más tarde como criminales huyendo de la justicia en Europa.

“América nazi” (Editorial Norma) – del periodista argentino Jorge Camarasa y su colega penquista Carlos Basso (¡penquista!)– es una completísima investigación acerca de los simpatizantes y jerarcas nazis que aquí encontraron a tantos amigos que, felices, se sintieron como en casa. Ciertos gobiernos fueron más proclives a abrir sus puertas a científicos, técnicos y militares tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. No importaba que esos muchachos tuviesen particulares concepciones sobre la pureza racial, y que deseasen aplicar sus planes en esta nueva Germania, o que tuviesen un prontuario genocida aterrador. Bienvenidos, chicos.

no de los documentos más notables rescatado por los autores se refiere a la carga que un submarino alemán acercó a las costas argentinas a principios de 1945, una fortuna en numerosas monedas, además de oro, plata y diamantes. Por medio de un agente alemán en Buenos Aires, los fondos fueron depositados en varios bancos afines a la causa en una cuenta perteneciente a una conocida actriz de radioteatro: María Eva Duarte, que luego sería mitificada como Eva Perón. No era extraño: su esposo, Juan Domingo, en ese momento candidato a la presidencia, más tarde crearía la institucionalidad necesaria para brindar asilo al mayor número de nazis fugitivos. Varios de ellos serían sus amigos personales, sus consejeros y hasta miembros de su aparato político.

“América nazi” es un libro tan crudo, tan puntilloso en los detalles que – por eso mismo – parece irreal, como si a Indiana Jones, el personaje del cine interpretado por Harrison Ford, le hubiese faltado una aventura en el continente intentando arrebatarles el arca de la alianza o el santo grial a esos tipos locos, ensimismados en la supremacía racial y en la expansión territorial. Salvo que no fue comedia. A medida que transcurrían los años los nazis siguieron disfrutando de su calidad de huéspedes privilegiados, y más en la época en que los regímenes militares coparían entero el cono sur de América. Nada mejor que una asesoría nazi para aspectos siempre difíciles, como la represión, la tortura y la desaparición de personas. Boleta de honorarios.

Joseph Mengele tomaba el sol en Brasil, Klaus Barbie caminaba por La Paz, Walther Rauff por Santiago y Punta Arenas y Eric Priebke disfrutaba del europeo Bariloche. Mientras, fuera del continente eran infructuosamente buscados como criminales: “todos los gobiernos sabía de ellos y muchos los ocultaban por acción u omisión: algunos de esos hombres eran útiles a los servicios de inteligencia propios o ajenos, y en todo caso, siempre era mejor mirar a otro lado y esconder la basura bajo la alfombra”.

ero Argentina siempre ganó, fue la puerta de entrada a la América nazi. El Estado peronista tolerante y complaciente, a veces cómplice, había abierto sus brazos para acoger a estos inmigrantes incomprendidos en su tierra de origen: “les había dado trabajo en la administración pública, los había contratado como asesores de sus policías y ejércitos, y había rechazado pedidos de extradición que iban llegando”. “América nazi” es un libro soberbio que se ha propuesto ventilar el rescoldo de esa inmundicia ideológica que se infiltró en nuestro continente y que en Chile, en Paraguay o en Argentina encontró a tanto zonzo que la aplaudió de pie. Y todavía. Como diría Obelix: estos nazis están majaretas.

Pilar Donoso, vencida por su trágico sino

La temprana desaparición, el martes 15 de noviembre, de la hija adoptiva del renombrado escritor chileno es excusa para volver a leer “Correr el tupido velo”, el único libro que ella escribió y en el que ajusta cuentas con su padre y consigo misma, y en el que entrega pistas de lo que iba a suceder.

Toda biografía, por más objetiva que pretenda ser, por más corta o larga que resulte, es literatura. Es decir, no hay biografías perfectas, como tampoco hay un perfecto mapa de El Amazonas, sino sólo puntos más o menos coincidentes con la realidad. Si el autor de la biografía, además, se esmera en la pasión con que cuenta la historia y mantiene una cercanía sentimental con el sujeto de estudio, puede alcanzar la belleza y la estructura literaria propias de una novela. Es lo que ha conseguido Pilar al sumergirse en la vida de su padre, José Donoso.

“Correr el tupido velo” (Editorial Alfaguara, 2009) es una obra íntima, personal, cuya mayor habilidad es la capacidad de desligarse por completo del personaje que la ha generado para transformarse, desde las primeras líneas, en un libro que puede leerse de manera independiente. Como la novela de una hija que no encuentra a su padre.

Uno de los conspicuos miembros del boom latinoamericano de los años sesenta, aunque sentado en la segunda fila, José Donoso es presentado como un cúmulo de contradicciones entre su afán de mantener la privacidad y el secreto, y su carácter de exhibicionista expuesto en los miles de folios que escribió hasta el final de sus días: “el temor a la muerte está clavado en el medio de mi personalidad… Temo por mi vida. No tengo fe, creo que no creo en nada”.

José y su esposa María del Pilar no pudieron tener hijos, así que durante una estadía en Madrid en 1967 decidieron adoptar a una niña, Pilar, la que más tarde se convertiría en su biógrafa como si fuese su destino desde el principio del tiempo: “pues si bien no era su hija biológica, él me regaló en vida, y ahora a través de sus cuadernos, la voluntad de aprender a mirarme y de sacar las capas que cubren mi propia alma”.

En un momento de apreturas económicas, que los tuvo muchos, Donoso le vendió a la Universidad de Iowa todos sus apuntes, diarios, notas de viaje. Esos documentos serían después consultados por Pilar con asombro, con cariño y también con algo de dolor. El escritor se mostraba ahí tal cual era, algo neurótico y delirante: hablaba de sus fracasos y miedos, de sus múltiples enfermedades que lo llevaron varias veces a hospitales de Europa y Estados Unidos, y del peso que le significaba una esposa alcohólica que no paraba de beber: “es increíble lo fea que se ha puesto”.

En el estudio de estos apuntes, Pilar descubre numerosas máscaras de su padre, “más de las que yo supuse que tenía”. Incluso algunas alusiones poco delicadas a su hijita querida, pese a que ella, cuando fue mayor de edad, se había preocupado con tesón de las tareas más difíciles en casa de sus padres. Tanto, que el propio José una vez le dijo: “tú has sido más madre mía que yo padre tuyo”.

Mientras escribía las novelas que lo consagrarían, José Donoso deambularía por varios países europeos, posponiendo eternamente su regreso a Chile. En el extranjero entabló amistad con los grandes de América Latina – Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez –, lo que coincidía con el esplendor de la narrativa del continente con sus famas y premios derivados. Sin embargo, “intuyó que en el fondo nunca fue parte importante del movimiento, al igual que en otros momentos de su vida sintió su incapacidad de ser parte de un grupo o de un partido político”.

Las amistades de Donoso iban mucho más allá de las figuras del boom, se codeó con artistas, cineastas y filántropos de primer orden. Así también tuvo poderosos mecenas que confiaron en su talento y lo protegieron de las miserias cotidianas para que se dedicara a la escritura. Y cumplió las expectativas, “mi padre murió escribiendo, aun en un último esfuerzo. Fue un ESCRITOR su vida entera, fue su profesión y su pasión”, señala Pilar.

La herencia de José Donoso como padre cariñoso y como padre bestial es tan pesada, tan profunda, que su hija adoptiva perdió la batalla en el esfuerzo de sistematizar la memoria para comprender la razón de su propia vida. “Correr el tupido velo” es hoy, entonces, un libro cerrado como una lápida que contiene varias tragedias de las que ni su autora pudo escapar. Pilar perdió a su familia en el largo proceso de revisión de los cuadernos de su padre y en la escritura de su historia. Luego, por desgracia, decidió quedarse también ahí, en el recuerdo de días mejores, cuando sólo conocía el amor de su padre y no las saetas que a la par le iba dejando en sus manuscritos.

“Correr el tupido velo” es uno de los libros más bellos que he leído en años, y lo es más ahora, cuando al fin hemos entendido el mensaje secreto de Pilar.

Página 1 de 612345...Última »