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El amor es una ecuación poética

“El beso más pequeño” es una breve novelilla que, en tono de fábula, aborda el clásico tema de encontrar la pareja perfecta y mantenerla a nuestro lado. Las mujeres, dice el narrador, se parecen a las pastelerías.

El beso fue imprevisto, el chico la vio en la acera, ella era muy hermosa como para resistir la tentación. Pero el beso duró menos que un segundo porque ella desapareció, se tornó invisible. El chico le cuenta esta historia increíble a su farmacéutica, Luisa, que le cree, y le recomienda que acuda a un viejo detective retirado y experto en estos casos, Gaspar Nieve. El muchacho le explica su caso de amor desesperado. Gaspar le da consejos sobre cómo atrapar mujeres invisibles, y le presta un loro, Elvis, que posee la habilidad de repetir todo lo que oye, letra por letra, y le asegura que con esa ayuda podrá encontrar a su mujer perdida.

“El beso más pequeño” (Editorial Mondadori), de Mathias Malzieu, es una fantástica crónica de amor que colinda con la fábula y el cuento infantil, y en la que nada es imposible. Como el muchacho no puede olvidar ese beso tan pequeño, se las arregla para crear un bombón sucedáneo que le recuerde el sabor de la chica. Y le resulta tan bien que funciona como un reemplazante del orgasmo, todos lo quieren probar. Mientras, adiestra a Elvis para que busque el sonido de una chica con algo de asma, que eso es lo que recuerda de ella. El loro la encuentra, le trae mensaje de ella, es el intercomunicador de ambos. Por la habilidad nemotécnica del ave, el mensaje se recibe completo: “Me llamo Sobralia; es el nombre de una orquídea que no sólo florece una vez. De las que se pasan la mayor parte de la vida siendo un capullo. Mi padre le había regalado una a mi madre cuando pasaron unos días en la ladera del volcán Arenal, en Costa Rica. Al día siguiente sus pétalos habían desaparecido, y nueve meses más tarde nací yo”.

Entonces, no es el chico el culpable. Es Sobralia quien desaparece cuando besa, pero con una proporción directa del sentimiento hacia el otro. Si es por un juego, como cuando era adolescente, se pierde unos segundos. Pero si es por amor, ya no regresa. Qué condena, y qué metáfora más bella del verdadero amor que no se puede concretar jamás: “La única ocasión en que conseguí no desaparecer fue con un hombre que no me decía gran cosa. Traté de convencerme de que lo amaba hasta que me rendí a la evidencia: no amar demasiado, esa es la clave para no desaparecer demasiado, para no sufrir demasiado”. Y luego agrega: “Me contento con degustar alguna chuchería de vez en cuando, pero respeto las dosis homeopáticas de amor que me he prescrito”.

El chico convence a la chica de que se junten, pero con la condición de que sólo haya no-besos a fin de que ella no desaparezca. Se reúnen, se miran, se tocan, se besan muy cerca del límite prohibido de la boca, y nada más. Pero eso no resolvería el problema, “¿cómo convencer a un electrocutado del amor para que supere su miedo a vivir plenamente su historia de amor?”. ¿Cómo vivir una historia de amor sin besarse?, también. Y una tercera dificultad: “¿Sería capaz de vivir una historia de amor con una chica invisible, visto que con una mujer a secas no me había mostrado precisamente como un campeón del mundo?”.

El detective dueño del loro insta al muchacho para que no se dé por vencido, sus consejos son pócimas de mago: “¡El amor es una ecuación poética, amigo mío! Debes tratar de resolverla a cualquier precio”. Al narrador le cuesta entenderlo, insiste en que ha perdido la guerra mundial del amor, y que ahora es un árbol navideño despojado de sus adornos y abandonado en la calle.

Elvis, el loro que habla y graba todo lo que oye, es el mejor personaje. Posee una habilidad para encontrar y perseguir a chicas “un poco demasiado guapas”, se siente atraído por la belleza, “por el encanto y por la gracia, por esas mujeres que llegan a confundirse con pastelerías”.

“El beso más pequeño” es una novela onírica, desconcertante. Y ahí radica la belleza de su metáfora al aludir a la imposibilidad de encontrar el amor, y de quedarse con él. Pese a todos los recursos fantásticos de que se premune el muchacho, no puede dar con la joven del beso pequeño. Y, si no es capaz de mirar en su entorno, se va condenando a la soledad. Gran relato para empezar ese caluroso verano.

La vocación te salva del olvido

“Contarlo todo” es el viaje iniciático de un joven estudiante de Periodismo que, por azar, es depositado en la redacción de un semanario peruano. Allí descubre que lo suyo es contar historias.

Gabriel Lisboa quiere ser escritor, aunque no lo sabe. Es un buen muchacho: estudia en la universidad gracias a una beca otorgada por sus calificaciones. Vive con sus tíos, a quienes respeta. Son mediados de los años 90, en Perú gobierna con mano dictatorial un ciudadano de ascendencia japonesa. El tío de Gabriel es garzón, oficio en el que conoce a mucha gente. Uno de ellos es el director de un semanario político, “Proceso”, a quien le pide el favor de que acepte a su sobrino como estudiante en práctica durante las vacaciones.

Cuando Gabriel llega a trabajar en la prensa, la vida le cambia y adquiere conciencia de sí mismo.

“Contarlo todo” (Editorial Mondadori), de Jeremías Gamboa, es el relato fresco y minucioso del aprendizaje de un muchacho que desea, justamente, contar historias, pero no sabe cómo. En un principio nadie lo toma en cuenta durante su práctica, la redacción de “Proceso” está llena de los estereotipos del periodismo: los viejos zorros, el director déspota, el periodista dandy, el fotógrafo mañoso. A Gabriel Lisboa le asignan las tareas más inútiles y abominables, sin sentido, pero va descubriendo que eso, el nexo entre el periodismo y la literatura, es su vocación: “Sentí que sí, que había nacido para escribir y que a eso me quería dedicar el resto de mi vida. Pensé con toda claridad que el periodismo era la mejor manera de encontrar mi lugar en el mundo”.

Gabriel tiene un maestro, Vegas, un periodista fogueado y amargado porque en su momento no se atrevió a dar el salto a la literatura, y se quedó para siempre ahí, apenas en el periodismo. La desconfianza mutua del inicio se transforma en complicidad cuando, como si fuese una medalla al mérito, por primera vez aparece un párrafo en “Proceso” firmado con las siglas GL. El muchacho tiene el temple de los héroes.

Se acaban las vacaciones y la práctica, Gabriel debe volver a la universidad donde estudia “Comunicaciones”, algo así como nuestro “Periodismo”. Aunque ya nada puede ser igual: Gabriel se aburre y comprueba que la profesión de periodista es ficticia, un engaño comercial, y que los buenos periodistas son esos sujetos capaces de encandilarnos con una buena historia.

El mejor amigo de Gabriel es Montero, un compañero de curso que quiere ser poeta o cineasta, lo que venga más rápido. Ambos son adictos en esto de intentar escribir historias, sin embargo, es el amigo el que tiene las ideas más claras: “Nadie te va a revelar jamás cómo hacer un texto que emocione, que sea honesto, que digas ‘cosas’, ¿te das cuenta? Lo otro, las técnicas, los diálogos, los puntos de vista o lo que sea que te falte, lo aprenderás leyendo, copiando, ensayando, trabajando horas y horas metido en tu cuarto”. La réplica de Gabriel es terrible pero valedera: “¿Cómo podríamos pretender vivir escribiendo en un país como el Perú?”.

¿Dedicarse a escribir en la vida? Difícil, absurdo, improbable. Pero si uno tiene la pasta, como Gabriel, si se le da fácil esto de emocionar a otros con unos párrafos bien armados, debe al menos intentarlo. Puede que la vocación te salve del olvido. Su maestro, Vegas, es quien lo enfatiza: “Deberías decírtelo todos los días. Decirte que quieres ser lo que diablos hayas decidido que quieres ser… ¿Sabes qué pasa, viejo? Que muchos allá atrás, en el edificio que hemos dejado y en otros edificios de prensa, no se atreven jamás a decirse qué diablos quieren hacer. No debes caer nunca en eso, viejo. Nunca debes dejar de decirte la verdad”.

“Contarlo todo” es el brillante relato de un viaje iniciático del narrador, Gabriel Lisboa, y una lección de vida para los muchachos que buscan su vocación en el periodismo, sin saber todavía que el buen periodismo es el afán de contar una buena historia. Lo demás, carece de valor. Su amigo Montero va más allá, y le advierte que “todos somos poetas, hasta que se pruebe lo contrario”.

Una novela bella, enriquecedora, y plagada de frases que subrayan la idea básica: todo buen escritor es en principio un buen lector de literatura “por una irremediable sensación de soledad y cierto desasosiego”.

La escritura puede darle sentido a tu vida

“La verdad sobre el caso Harry Quebert” es una novela extraordinaria acerca de un crimen y un amor imposible del pasado. Un joven escritor ha perdido la inspiración, y para recuperarla debe regresar a las bases de la literatura.

Marcus Goldman se halla en la cúspide de su carrera en Nueva York, y apenas tiene treinta años. Su primera novela fue un gigantesco golpe de ventas y de crítica. Ahora, millonario, lo atormenta el síndrome de la página en blanco: no se le ocurre el tema de su segunda novela. Su editor es un sujeto despiadado e hipócrita que le ha impuesto una fecha límite de entrega del nuevo libro, so pena de una demanda que arruinaría a Marcus.

El mentor de Marcus es un viejo profesor de Literatura del que aprendió todo, y a quien respeta y admira: Harry Quebert. Decide visitarlo en su residencia ubicada en Aurora, un bucólico pueblo costero cuya tranquilidad puede servir como terapia para concentrarse en la escritura. Por casualidad, trajinando en las estanterías del profesor, Marcus descubre que, tres décadas atrás, tuvo una relación con una chica, Nola, que apenas contaba con quince años de edad. Harry le confiesa que ese amor fue el que originó su más exitosa novela y por la que se le reverencia: “Los orígenes del mal”, lectura obligatoria en colegios y universidades. También le explica que un día la chica desapareció sin dejar rastro, jamás se supo de ella.

Hasta que, ahora, unos jardineros encuentran su cuerpo enterrado en el patio del propio Harry, quien es detenido por la policía y acusado de homicidio. Puede ir a la silla eléctrica. Su pupilo está convencido de su inocencia y, contrariando las presiones de su editor, decide establecerse en Aurora para investigar el crimen.

“La verdad sobre el caso Harry Quebert” (Editorial Alfaguara), de Joël Dicker, es una magnífica novela que sigue el patrón clásico del thriller pero conjugado con una triste historia de amor. También se permite reflexionar sobre el proceso de creación literaria, casi como si fuese un curso: un libro que habla de cómo se escriben los libros. El narrador, Marcus, va siguiendo los consejos de su antiguo maestro, los que le otorgan una estructura didáctica y existencialista al relato: “El don de la escritura es un don no porque escriba correctamente, sino porque puede dar sentido a su vida”

Marcus comienza a indagar casi como un detective privado en Aurora, cuyos habitantes se resisten a recordar los días en que desapareció la joven, y además no dudan en la culpabilidad de Harry. Aquel amable profesor y laureado escritor que vivía con ellos es ahora tildado de degenerado y asesino. La regla básica para la resolución de un crimen es entender la naturaleza de la víctima: Nola era una muchachita hermosa y frágil, golpeada y maltratada por sus padres fanáticos religiosos. Su mayor anhelo era salir de ese maldito pueblo, enamorarse y formar una familia. El amor entre ella y Harry, que en esa época era un treintañero, es instantáneo. Al principio, él se resiste, sabe que se trata de un delito, el estupro. Pero luego cede ante la personalidad angelical de la niña, incluso esa relación lo inspira y escribe apresuradamente lo que será, sin duda, su gran obra. El amor es el alimento de la literatura: “En esta sociedad, Marcus, los hombres a los que más admiramos son los que ponen en pie rascacielos, puentes e imperios. Pero en realidad, los más nobles y admirables son aquéllos capaces de poner en pie el amor. Porque es la mayor y la más difícil de las empresas”.

El relato alterna tiempos distintos: la época de la desaparición de Nola, cuando Harry todavía no alcanzaba la fama, y los días contemporáneos en que Marcus pretende desentrañar el homicidio de Nola. No tarda en descubrir que hay un sinnúmero de vecinos que cargan algo de culpabilidad, o que tenían sobradas razones para eliminar a la muchacha. Y que su querido amigo Harry no le ha dicho toda la verdad. Cuando cree haber resuelto el misterio, que es justamente el tema de su nuevo libro, se percata de que ha cometido un error grosero que lo remite al principio: ¿quién mató a Nola?

“La verdad acerca del caso Harry Quebert” es de esas novelas que se extrañan apenas uno termina de leerlas, sobreviene una orfandad que sólo se supera si damos vuelta el libro y regresamos a la primera página. Candidata a la mejor lectura del año.

Si te encuentras sola, lee un libro

“La vida cuando era nuestra” es una sentida novela que transcurre en dos momentos históricos de la primera mitad del siglo pasado. El hilo conductor del relato es la pasión con que los personajes se relacionan con la literatura universal.

Rose nació con el siglo pasado, por tanto, su desarrollo como persona siempre estará marcado por las grandes y dramáticas fechas de la centuria. Es inglesa, pero vive con una familia campesina de Normandía, en Francia. Lee, y mucho, devora libros como si fuesen su alimento, y lo son. Es tímida, solitaria y retraída porque no sabe de su origen. Al comienzo de su pubertad la llevan a vivir a la casa de los Ferguson, una familia de aristócratas opulentos en la que – sin saber por qué – es bien recibida. Conoce a Frances, una mujer desinhibida que ha tejido amistades con artistas e intelectuales. Y también a Sarah, una muchacha de su misma edad, y sus hermanos Elliott y James.

A Rose no le falta nada, la atienden hasta en lo más mínimo, pero eso no le quita la pena de no saber por qué. Entonces llega 1914, y en los cómodos salones de los Ferguson se comenta la noticia del asesinato del archiduque de Austria-Hungría, aparecen nubes negras. Los cables telegráficos se suceden sin pausa anunciando que un país le ha declarado la guerra a otro, y éste a otro, y a otro, como en una cadena de desgracias.

El joven James, por quien Rose sentía una atracción romántica, se enlista como oficial de marina. Se le pierde el rastro cuando su acorazado es hundido por los alemanes en las costas chilenas. Su hermano, Elliott, perderá un brazo en las trincheras de Francia. Para Rose, sin embargo, no hay mayor sufrimiento inmediato. Hasta que un día se entera de la verdad: “yo era hija ilegítima del duque de Ashford”. Su madre había muerto cuando ella nació, y su padre había encargado de su custodia a su amigo, Lord Ferguson. Algún día, soñaba Rose, vendría por ella su padre.

“La vida cuando era nuestra” (Editorial Lumen), de Marian Izaguirre, se desarrolla en dos tiempos y dos territorios a principios del siglo XX, y también con varios narradores que nos van dando cuenta, primero, de las vicisitudes de Rose extraviada en el mundo. Y luego de la relación de amor de dos españoles, Matías y Lola, en el marco de la guerra civil que desangró a su país. Ella es traductora de francés y él un apasionado editor de libros comprometido con la causa republicana, tanto que es condenado a muerte después de la guerra. Se salva. Ahora, a principios del franquismo, ambos viven apenas administrando una librería con escasos clientes, arrinconados por las apreturas económicas y por el pasado “rojo” que pesa como una piedra amarrada al cuello. Ante los demás, ellos eran “un poco rojeras, de esos que estaban a favor de la república”.

Entonces comienza a aparecer Alice, una inglesa cincuentona amante de los libros y de buena situación monetaria: “junto puntos para ser vieja, es cierto, pero todavía sueño”. Por separado, y sin que lo sepa la pareja, entabla amistad con Lola y una relación como cliente con Matías. Compra cantidades de libros, tantos que aleja a la tienda de la quiebra. Además, utiliza un extraño truco: cuando Matías le da la espalda, ella saca libros de su propia cartera que coloca en las estanterías, y luego pide comprarlos. Y los paga. Es evidente que Alice desea ayudar, lo difícil es entender su razón.

La novela transita por varios puentes, comienza siendo confusa, pero sólo hasta cuando el lector entiende que hay una relación entre todas estas historias. Alice y Lola van leyendo un libro a medias, “La chica de los cabellos de lino”, un volumen que estaba abierto en el escaparate de la tienda, y eso las une en una amistad insospechada porque apenas se conocen. Y porque Alice miente sobre su pasado.

“La vida cuando era nuestra” reivindica la lectura como formadora del conocimiento y pacificadora del alma. La novela se halla plagada de frases brillantes, dichas por los narradores o los personajes, que subrayan el hábito de los libros como una salvación para la soledad y las miserias: “toco el libro para que nos conozcamos mejor”. O como el consejo que le da James a rose: “cuando te encuentres sola, lee un libro. Te ayudará a sentirte mejor. Eso te salvará”.

Gran novela.

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